Se llamaba Soledad
Soledad arrojó la colilla del cigarro que acababa de fumar desde la ventana de su apartamento, en el dieciochoavo piso de una torre cerca de los cerros orientales.
Los colores del crepúsculo, esa tarde, se desvanecían en pinceladas de nubes teñidas de ocre y carmín. La ciudad abajo convulsionaba, sufría ataques epilépticos, y las bocinas de los carros y las luces de las farolas se regaban de a chorros por sus calles atónitas.
La atmósfera cálida del interior de su apartamento la acogía, la abrazaba en pequeñas oleadas de inseguridad, de vértigo, de soledad. Se acercó, como levitando al aparato de música y subió un poco más el volumen. Tomó otro trago más de su dry martini. Quería olvidarse de todo. Bailó por el apartamento, saltó, se dejó llevar sobre el ritmo que se metía de manera un tanto impertinente por todo su electrizado cuerpo y permitió que un par de lágrimas provocadoras, bajaran asombradas por sus rosadas mejillas.
-Yo pensé que irme lejos y cambiar de vida y de planeta era la solución... pero que vá, el dolor va por dentro y el malestar también, por más que uno intente cambiar lo de afuera, si el malestar está ahí siempre con uno, es imposible que uno se pueda sentir bien en cualquier lado...
El reloj marcaba las seis de la tarde y Soledad sabía que en cualquier momento su teléfono celular sonaría, y si eso sucedía significaba que tendría que alistarse para salir y dejar la comodidad de su apartamento, y cuando no quería que sonora tan rápido era cuando más rápido sonaba...
La melodía polifónica de su moderno teléfono móvil vibró y Soledad contestó sin pensar.
-Alo
-¿Soledad?
-Si
-Hola es Memo, ¿ya estás lista?
-No del todo me falta un poco pero no me demoro. ¿En dónde nos vemos hoy?
-Termina de arreglarte y cuando estés por salir me llamas y te digo qué tienes que hacer.
Sin decir una palabra más Guillermo colgó el teléfono. Soledad fue a su cuarto e inicio el ritual de lo habitual con una parsimonia bastante inusual.
Soledad se empezaba a cansar del “camellito” que tenía hacía poco más de un año. Al comienzo estaba feliz, absolutamente dichosa, pero ahora no estaba tan segura y se empezaba a arrepentir de la cantidad de malas acciones que vivía haciendo.
Soledad tenía diez y ocho años recién cumplidos cuando conoció a Guillermo y a Consuelo, ellos almorzaban, de vez en cuando, en el puesto de comida que tenía su abuela en la plaza de mercado del barrio La perseverancia. Soledad le ayudaba en ocasiones a su abuela atendiendo las mesas. Ella había heredado todos los buenos genes de la familia Rosas, la familia de su mamá, obviamente; de su papá no sabía sino que era un hippie gringo, que había embobado a su mamá y que se había largado después que se enteró que su mamá estaba embarazada de ella. Fucking gringo...
Soledad era más alta que el promedio de niñas, de ojos muy grandes color miel y cabello rubio cenizo, tenía muchas pecas y un cuerpo que mareaba hasta al más incauto de los parroquianos. Esa fue la principal razón por la que los esposos Rivera Silva se fijaron en Soledad. Era perfecta para lo que estaban planeando. Guillermo Rivera y Consuelo Silva habían llegado al barrio, huyendo de una cuadrilla de apartamenteros pereiranos, que les querían dar piso. Y desde que conocieron a Soledad en el almorzadero de doña Genoveva, estaban convencidos de que Soledad era la precisa para el plan que estaban tramando.
Una tarde, después de uno de los acostumbrados almuerzos, Consuelo le dijo a Soledad que quería ofrecerle trabajo, pero que si estaba interesada, tenían que encontrarse en otro lugar y que sobre todo tenía que ser muy discreta con lo que iban a hablar. No podía contarle nada a nadie.
Soledad llegó a la cita un poco retrasada. Los esposos Rivera esperaban, quince minutos antes, en la plaza del chorro de Quevedo, frente a la pequeña iglesia, en el centro de Bogotá.
Cuando Soledad llegó entraron a uno de los cafés del sector y pidieron unos expressos, Consuelo la miro fijamente unos segundos, mientras pasaba el primer sorbo de café caliente y le dijo:
-Mira Soledad lo que tenemos para ti es algo que podríamos llamar una propuesta de trabajo, si después de escuchar lo que tenemos para proponerte no estás interesada hacemos como si nunca hubiéramos tenido esta reunión, eso si te digo que es muy serio lo que vamos a decirte y necesitamos de tu absoluta confidencialidad, mejor dicho te la ponemos así antes de decirte nada, si se le llega a salir algo de lo que vamos a decirle es muy posible que algo malo le pase a usted o a alguien muy querido para usted, ¿me entiende Soledad?
-Si, claro. No tiene que advertirme nada, yo no soy una faltona. Les dijo Soledad en un tono seco y callejero que dejo clarísima su afirmación.
-Bueno, pero no sobra poner las cosas claras. ¿Usted ya cumplió los diez y ocho años? Preguntó Guillermo, el compañero de Consuelo, que hasta ahora había permanecido callado.
-Si señor, hace cuatro meses.
-Bueno mejor-continuó Consuelo- básicamente lo que nosotros le ofrecemos es un nuevo lugar donde vivir, un apartamento lejos de aquí, un carro, ropa nueva y cambio de look...
Soledad sabía perfectamente que lo que le estaban proponiendo los esposos Rivera no podía ser muy legal, pero estaba dispuesta a todo, no tenía plata para estudiar, ni para nada, con mucho esfuerzo había terminado la primaria y tenía la mitad de un primero de bachillerato, desde el día que le tocó dejar el colegio trabajaba con su abuela en la plaza de mercado y hacía lo posible para escapar de los acosos, cada vez más insistentes, de los viejos verdes de la plaza, no sabía cómo hacer para escapar de su maldita cotidianidad que tanto la asfixiaba. Lo que Consuelo le estaba proponiendo era perfecto, era por lo que tanto había rezado, eran sus deseos hechos realidad, pero sin cámaras, ni luces, y sin mandar ninguna carta a ningún programa de televisión. Como un reality, pensó.
-Bueno y yo qué tengo que hacer a cambio de todo eso que me dicen -Preguntó Soledad con un extraño brillo en sus ojos.
-Sencillo, mejor dicho casi nada-le respondió Guillermo en un tono un tanto coqueto- para una niña de tu belleza no creo que tengas mucho que hacer...
-Un momentico-se afanó en objetar Soledad- porque lo único que no estoy dispuesta a hacer es ponerme a putear, prefiero seguir con mi abuela que mal que bien con ella no tengo que hacer cosas que no quiero.
-Bueno pues me parece muy bien que no estés dispuesta a hacer de puta-le dijo Consuelo- porque a nosotros tampoco nos interesa nada de eso, y es bueno saber hasta que punto son capaces de llegar las personas. Mira lo que nosotros queremos que hagas es bastante simple: primero te hacemos un retoque general y te cambiamos esa ropita que traes por ropa de diseñador, te ponemos más pispa de lo que eres y lista, luego nos vamos para algún lugar de moda de la ciudad en la zona rosa, o en la zona T, o en la calera y esperas a que nosotros te indiquemos con quien tienes que desplegar todos tus encantos, mejor dicho, tienes que hacerte invitar unos tragos del sujeto que nosotros te indiquemos, luego en algún descuido del tipo, tu aprovechas y le hechas al trago unas goticas que nosotros te hemos dado y listo, esperas y te aseguras que el tipo se tome el trago y de ahí en adelante puedes hacer lo que quieras, te vas, o si quieres sigues la rumba en otro sitio, o lo que sea, es cosa tuya, nosotros en ese momento entramos en escena y nos encargamos del resto, por cada pescado te damos dos millones de pesos, y además sólo trabajas los fines de semana.
¿Qué dices?
Soledad escuchaba completamente perpleja y atónita, no atinaba a hilar más de tres ideas coherentemente, estaba deslumbrada y se había trasportado a lo que ella se imaginaba sería su vida en el norte. Quería gritar y abrazar a Consuelo y a Guillermo, quería saltar y cantar y reír y decir que si, que claro, que ¿cómo no? Pero conservó completamente la calma y muy segura de si misma Soledad les dijo:
-Bueno pues creo que lo voy a pensar un poco más detenidamente y mañana les doy una razón. Pero me interesa.
La melodía polifónica de su teléfono móvil la sacó de su abstracción, y mientras buscaba el teléfono por todas partes se prometió no volver a fumar tanta cripi antes del camello.
-¿Alo?
-Soledad qué pasó-Guillermo al otro lado de la línea un poco molesto- no quedamos en que me llamabas, ya son las ocho de la noche y la idea era llegar a esta hora al bar
-Uy si que pena pero no supe en qué momento se hizo tan tarde, ¿dónde es la cita hoy?
-Nosotros ya pasamos y te recogemos, baja a la portería que ya vamos llegar.
Soledad entró sola, como siempre, al bar y se sentó en una de las sillas de la barra, pidió un dry martini y miró sin mirar a la gente que se divertía en el atestado lugar. Esperó la señal de siempre, de cada función, la señal del director para empezar a actuar...
Los colores del crepúsculo, esa tarde, se desvanecían en pinceladas de nubes teñidas de ocre y carmín. La ciudad abajo convulsionaba, sufría ataques epilépticos, y las bocinas de los carros y las luces de las farolas se regaban de a chorros por sus calles atónitas.
La atmósfera cálida del interior de su apartamento la acogía, la abrazaba en pequeñas oleadas de inseguridad, de vértigo, de soledad. Se acercó, como levitando al aparato de música y subió un poco más el volumen. Tomó otro trago más de su dry martini. Quería olvidarse de todo. Bailó por el apartamento, saltó, se dejó llevar sobre el ritmo que se metía de manera un tanto impertinente por todo su electrizado cuerpo y permitió que un par de lágrimas provocadoras, bajaran asombradas por sus rosadas mejillas.
-Yo pensé que irme lejos y cambiar de vida y de planeta era la solución... pero que vá, el dolor va por dentro y el malestar también, por más que uno intente cambiar lo de afuera, si el malestar está ahí siempre con uno, es imposible que uno se pueda sentir bien en cualquier lado...
El reloj marcaba las seis de la tarde y Soledad sabía que en cualquier momento su teléfono celular sonaría, y si eso sucedía significaba que tendría que alistarse para salir y dejar la comodidad de su apartamento, y cuando no quería que sonora tan rápido era cuando más rápido sonaba...
La melodía polifónica de su moderno teléfono móvil vibró y Soledad contestó sin pensar.
-Alo
-¿Soledad?
-Si
-Hola es Memo, ¿ya estás lista?
-No del todo me falta un poco pero no me demoro. ¿En dónde nos vemos hoy?
-Termina de arreglarte y cuando estés por salir me llamas y te digo qué tienes que hacer.
Sin decir una palabra más Guillermo colgó el teléfono. Soledad fue a su cuarto e inicio el ritual de lo habitual con una parsimonia bastante inusual.
Soledad se empezaba a cansar del “camellito” que tenía hacía poco más de un año. Al comienzo estaba feliz, absolutamente dichosa, pero ahora no estaba tan segura y se empezaba a arrepentir de la cantidad de malas acciones que vivía haciendo.
Soledad tenía diez y ocho años recién cumplidos cuando conoció a Guillermo y a Consuelo, ellos almorzaban, de vez en cuando, en el puesto de comida que tenía su abuela en la plaza de mercado del barrio La perseverancia. Soledad le ayudaba en ocasiones a su abuela atendiendo las mesas. Ella había heredado todos los buenos genes de la familia Rosas, la familia de su mamá, obviamente; de su papá no sabía sino que era un hippie gringo, que había embobado a su mamá y que se había largado después que se enteró que su mamá estaba embarazada de ella. Fucking gringo...
Soledad era más alta que el promedio de niñas, de ojos muy grandes color miel y cabello rubio cenizo, tenía muchas pecas y un cuerpo que mareaba hasta al más incauto de los parroquianos. Esa fue la principal razón por la que los esposos Rivera Silva se fijaron en Soledad. Era perfecta para lo que estaban planeando. Guillermo Rivera y Consuelo Silva habían llegado al barrio, huyendo de una cuadrilla de apartamenteros pereiranos, que les querían dar piso. Y desde que conocieron a Soledad en el almorzadero de doña Genoveva, estaban convencidos de que Soledad era la precisa para el plan que estaban tramando.
Una tarde, después de uno de los acostumbrados almuerzos, Consuelo le dijo a Soledad que quería ofrecerle trabajo, pero que si estaba interesada, tenían que encontrarse en otro lugar y que sobre todo tenía que ser muy discreta con lo que iban a hablar. No podía contarle nada a nadie.
Soledad llegó a la cita un poco retrasada. Los esposos Rivera esperaban, quince minutos antes, en la plaza del chorro de Quevedo, frente a la pequeña iglesia, en el centro de Bogotá.
Cuando Soledad llegó entraron a uno de los cafés del sector y pidieron unos expressos, Consuelo la miro fijamente unos segundos, mientras pasaba el primer sorbo de café caliente y le dijo:
-Mira Soledad lo que tenemos para ti es algo que podríamos llamar una propuesta de trabajo, si después de escuchar lo que tenemos para proponerte no estás interesada hacemos como si nunca hubiéramos tenido esta reunión, eso si te digo que es muy serio lo que vamos a decirte y necesitamos de tu absoluta confidencialidad, mejor dicho te la ponemos así antes de decirte nada, si se le llega a salir algo de lo que vamos a decirle es muy posible que algo malo le pase a usted o a alguien muy querido para usted, ¿me entiende Soledad?
-Si, claro. No tiene que advertirme nada, yo no soy una faltona. Les dijo Soledad en un tono seco y callejero que dejo clarísima su afirmación.
-Bueno, pero no sobra poner las cosas claras. ¿Usted ya cumplió los diez y ocho años? Preguntó Guillermo, el compañero de Consuelo, que hasta ahora había permanecido callado.
-Si señor, hace cuatro meses.
-Bueno mejor-continuó Consuelo- básicamente lo que nosotros le ofrecemos es un nuevo lugar donde vivir, un apartamento lejos de aquí, un carro, ropa nueva y cambio de look...
Soledad sabía perfectamente que lo que le estaban proponiendo los esposos Rivera no podía ser muy legal, pero estaba dispuesta a todo, no tenía plata para estudiar, ni para nada, con mucho esfuerzo había terminado la primaria y tenía la mitad de un primero de bachillerato, desde el día que le tocó dejar el colegio trabajaba con su abuela en la plaza de mercado y hacía lo posible para escapar de los acosos, cada vez más insistentes, de los viejos verdes de la plaza, no sabía cómo hacer para escapar de su maldita cotidianidad que tanto la asfixiaba. Lo que Consuelo le estaba proponiendo era perfecto, era por lo que tanto había rezado, eran sus deseos hechos realidad, pero sin cámaras, ni luces, y sin mandar ninguna carta a ningún programa de televisión. Como un reality, pensó.
-Bueno y yo qué tengo que hacer a cambio de todo eso que me dicen -Preguntó Soledad con un extraño brillo en sus ojos.
-Sencillo, mejor dicho casi nada-le respondió Guillermo en un tono un tanto coqueto- para una niña de tu belleza no creo que tengas mucho que hacer...
-Un momentico-se afanó en objetar Soledad- porque lo único que no estoy dispuesta a hacer es ponerme a putear, prefiero seguir con mi abuela que mal que bien con ella no tengo que hacer cosas que no quiero.
-Bueno pues me parece muy bien que no estés dispuesta a hacer de puta-le dijo Consuelo- porque a nosotros tampoco nos interesa nada de eso, y es bueno saber hasta que punto son capaces de llegar las personas. Mira lo que nosotros queremos que hagas es bastante simple: primero te hacemos un retoque general y te cambiamos esa ropita que traes por ropa de diseñador, te ponemos más pispa de lo que eres y lista, luego nos vamos para algún lugar de moda de la ciudad en la zona rosa, o en la zona T, o en la calera y esperas a que nosotros te indiquemos con quien tienes que desplegar todos tus encantos, mejor dicho, tienes que hacerte invitar unos tragos del sujeto que nosotros te indiquemos, luego en algún descuido del tipo, tu aprovechas y le hechas al trago unas goticas que nosotros te hemos dado y listo, esperas y te aseguras que el tipo se tome el trago y de ahí en adelante puedes hacer lo que quieras, te vas, o si quieres sigues la rumba en otro sitio, o lo que sea, es cosa tuya, nosotros en ese momento entramos en escena y nos encargamos del resto, por cada pescado te damos dos millones de pesos, y además sólo trabajas los fines de semana.
¿Qué dices?
Soledad escuchaba completamente perpleja y atónita, no atinaba a hilar más de tres ideas coherentemente, estaba deslumbrada y se había trasportado a lo que ella se imaginaba sería su vida en el norte. Quería gritar y abrazar a Consuelo y a Guillermo, quería saltar y cantar y reír y decir que si, que claro, que ¿cómo no? Pero conservó completamente la calma y muy segura de si misma Soledad les dijo:
-Bueno pues creo que lo voy a pensar un poco más detenidamente y mañana les doy una razón. Pero me interesa.
La melodía polifónica de su teléfono móvil la sacó de su abstracción, y mientras buscaba el teléfono por todas partes se prometió no volver a fumar tanta cripi antes del camello.
-¿Alo?
-Soledad qué pasó-Guillermo al otro lado de la línea un poco molesto- no quedamos en que me llamabas, ya son las ocho de la noche y la idea era llegar a esta hora al bar
-Uy si que pena pero no supe en qué momento se hizo tan tarde, ¿dónde es la cita hoy?
-Nosotros ya pasamos y te recogemos, baja a la portería que ya vamos llegar.
Soledad entró sola, como siempre, al bar y se sentó en una de las sillas de la barra, pidió un dry martini y miró sin mirar a la gente que se divertía en el atestado lugar. Esperó la señal de siempre, de cada función, la señal del director para empezar a actuar...
