De rastros...

Wednesday, March 29, 2006

Se llamaba Soledad

Soledad arrojó la colilla del cigarro que acababa de fumar desde la ventana de su apartamento, en el dieciochoavo piso de una torre cerca de los cerros orientales.
Los colores del crepúsculo, esa tarde, se desvanecían en pinceladas de nubes teñidas de ocre y carmín. La ciudad abajo convulsionaba, sufría ataques epilépticos, y las bocinas de los carros y las luces de las farolas se regaban de a chorros por sus calles atónitas.
La atmósfera cálida del interior de su apartamento la acogía, la abrazaba en pequeñas oleadas de inseguridad, de vértigo, de soledad. Se acercó, como levitando al aparato de música y subió un poco más el volumen. Tomó otro trago más de su dry martini. Quería olvidarse de todo. Bailó por el apartamento, saltó, se dejó llevar sobre el ritmo que se metía de manera un tanto impertinente por todo su electrizado cuerpo y permitió que un par de lágrimas provocadoras, bajaran asombradas por sus rosadas mejillas.
-Yo pensé que irme lejos y cambiar de vida y de planeta era la solución... pero que vá, el dolor va por dentro y el malestar también, por más que uno intente cambiar lo de afuera, si el malestar está ahí siempre con uno, es imposible que uno se pueda sentir bien en cualquier lado...

El reloj marcaba las seis de la tarde y Soledad sabía que en cualquier momento su teléfono celular sonaría, y si eso sucedía significaba que tendría que alistarse para salir y dejar la comodidad de su apartamento, y cuando no quería que sonora tan rápido era cuando más rápido sonaba...
La melodía polifónica de su moderno teléfono móvil vibró y Soledad contestó sin pensar.

-Alo
-¿Soledad?
-Si
-Hola es Memo, ¿ya estás lista?
-No del todo me falta un poco pero no me demoro. ¿En dónde nos vemos hoy?
-Termina de arreglarte y cuando estés por salir me llamas y te digo qué tienes que hacer.

Sin decir una palabra más Guillermo colgó el teléfono. Soledad fue a su cuarto e inicio el ritual de lo habitual con una parsimonia bastante inusual.
Soledad se empezaba a cansar del “camellito” que tenía hacía poco más de un año. Al comienzo estaba feliz, absolutamente dichosa, pero ahora no estaba tan segura y se empezaba a arrepentir de la cantidad de malas acciones que vivía haciendo.


Soledad tenía diez y ocho años recién cumplidos cuando conoció a Guillermo y a Consuelo, ellos almorzaban, de vez en cuando, en el puesto de comida que tenía su abuela en la plaza de mercado del barrio La perseverancia. Soledad le ayudaba en ocasiones a su abuela atendiendo las mesas. Ella había heredado todos los buenos genes de la familia Rosas, la familia de su mamá, obviamente; de su papá no sabía sino que era un hippie gringo, que había embobado a su mamá y que se había largado después que se enteró que su mamá estaba embarazada de ella. Fucking gringo...
Soledad era más alta que el promedio de niñas, de ojos muy grandes color miel y cabello rubio cenizo, tenía muchas pecas y un cuerpo que mareaba hasta al más incauto de los parroquianos. Esa fue la principal razón por la que los esposos Rivera Silva se fijaron en Soledad. Era perfecta para lo que estaban planeando. Guillermo Rivera y Consuelo Silva habían llegado al barrio, huyendo de una cuadrilla de apartamenteros pereiranos, que les querían dar piso. Y desde que conocieron a Soledad en el almorzadero de doña Genoveva, estaban convencidos de que Soledad era la precisa para el plan que estaban tramando.

Una tarde, después de uno de los acostumbrados almuerzos, Consuelo le dijo a Soledad que quería ofrecerle trabajo, pero que si estaba interesada, tenían que encontrarse en otro lugar y que sobre todo tenía que ser muy discreta con lo que iban a hablar. No podía contarle nada a nadie.
Soledad llegó a la cita un poco retrasada. Los esposos Rivera esperaban, quince minutos antes, en la plaza del chorro de Quevedo, frente a la pequeña iglesia, en el centro de Bogotá.
Cuando Soledad llegó entraron a uno de los cafés del sector y pidieron unos expressos, Consuelo la miro fijamente unos segundos, mientras pasaba el primer sorbo de café caliente y le dijo:
-Mira Soledad lo que tenemos para ti es algo que podríamos llamar una propuesta de trabajo, si después de escuchar lo que tenemos para proponerte no estás interesada hacemos como si nunca hubiéramos tenido esta reunión, eso si te digo que es muy serio lo que vamos a decirte y necesitamos de tu absoluta confidencialidad, mejor dicho te la ponemos así antes de decirte nada, si se le llega a salir algo de lo que vamos a decirle es muy posible que algo malo le pase a usted o a alguien muy querido para usted, ¿me entiende Soledad?
-Si, claro. No tiene que advertirme nada, yo no soy una faltona. Les dijo Soledad en un tono seco y callejero que dejo clarísima su afirmación.
-Bueno, pero no sobra poner las cosas claras. ¿Usted ya cumplió los diez y ocho años? Preguntó Guillermo, el compañero de Consuelo, que hasta ahora había permanecido callado.
-Si señor, hace cuatro meses.
-Bueno mejor-continuó Consuelo- básicamente lo que nosotros le ofrecemos es un nuevo lugar donde vivir, un apartamento lejos de aquí, un carro, ropa nueva y cambio de look...
Soledad sabía perfectamente que lo que le estaban proponiendo los esposos Rivera no podía ser muy legal, pero estaba dispuesta a todo, no tenía plata para estudiar, ni para nada, con mucho esfuerzo había terminado la primaria y tenía la mitad de un primero de bachillerato, desde el día que le tocó dejar el colegio trabajaba con su abuela en la plaza de mercado y hacía lo posible para escapar de los acosos, cada vez más insistentes, de los viejos verdes de la plaza, no sabía cómo hacer para escapar de su maldita cotidianidad que tanto la asfixiaba. Lo que Consuelo le estaba proponiendo era perfecto, era por lo que tanto había rezado, eran sus deseos hechos realidad, pero sin cámaras, ni luces, y sin mandar ninguna carta a ningún programa de televisión. Como un reality, pensó.
-Bueno y yo qué tengo que hacer a cambio de todo eso que me dicen -Preguntó Soledad con un extraño brillo en sus ojos.
-Sencillo, mejor dicho casi nada-le respondió Guillermo en un tono un tanto coqueto- para una niña de tu belleza no creo que tengas mucho que hacer...
-Un momentico-se afanó en objetar Soledad- porque lo único que no estoy dispuesta a hacer es ponerme a putear, prefiero seguir con mi abuela que mal que bien con ella no tengo que hacer cosas que no quiero.
-Bueno pues me parece muy bien que no estés dispuesta a hacer de puta-le dijo Consuelo- porque a nosotros tampoco nos interesa nada de eso, y es bueno saber hasta que punto son capaces de llegar las personas. Mira lo que nosotros queremos que hagas es bastante simple: primero te hacemos un retoque general y te cambiamos esa ropita que traes por ropa de diseñador, te ponemos más pispa de lo que eres y lista, luego nos vamos para algún lugar de moda de la ciudad en la zona rosa, o en la zona T, o en la calera y esperas a que nosotros te indiquemos con quien tienes que desplegar todos tus encantos, mejor dicho, tienes que hacerte invitar unos tragos del sujeto que nosotros te indiquemos, luego en algún descuido del tipo, tu aprovechas y le hechas al trago unas goticas que nosotros te hemos dado y listo, esperas y te aseguras que el tipo se tome el trago y de ahí en adelante puedes hacer lo que quieras, te vas, o si quieres sigues la rumba en otro sitio, o lo que sea, es cosa tuya, nosotros en ese momento entramos en escena y nos encargamos del resto, por cada pescado te damos dos millones de pesos, y además sólo trabajas los fines de semana.
¿Qué dices?
Soledad escuchaba completamente perpleja y atónita, no atinaba a hilar más de tres ideas coherentemente, estaba deslumbrada y se había trasportado a lo que ella se imaginaba sería su vida en el norte. Quería gritar y abrazar a Consuelo y a Guillermo, quería saltar y cantar y reír y decir que si, que claro, que ¿cómo no? Pero conservó completamente la calma y muy segura de si misma Soledad les dijo:
-Bueno pues creo que lo voy a pensar un poco más detenidamente y mañana les doy una razón. Pero me interesa.

La melodía polifónica de su teléfono móvil la sacó de su abstracción, y mientras buscaba el teléfono por todas partes se prometió no volver a fumar tanta cripi antes del camello.
-¿Alo?
-Soledad qué pasó-Guillermo al otro lado de la línea un poco molesto- no quedamos en que me llamabas, ya son las ocho de la noche y la idea era llegar a esta hora al bar
-Uy si que pena pero no supe en qué momento se hizo tan tarde, ¿dónde es la cita hoy?
-Nosotros ya pasamos y te recogemos, baja a la portería que ya vamos llegar.

Soledad entró sola, como siempre, al bar y se sentó en una de las sillas de la barra, pidió un dry martini y miró sin mirar a la gente que se divertía en el atestado lugar. Esperó la señal de siempre, de cada función, la señal del director para empezar a actuar...

XXX'

Los labios de uno y de otro se acercaban y se alejaban, se mordían, se lamían, se chupaban. La velocidad del aparato y la caída libre sin adminículos de rescate regurgitaban en sus entrañas agitadas. La luz en el interior del estrecho lugar estallaba como en ácido, como en hongos. Los blancos eran más blancos. Los plateados más intensos. Y la ansiedad de volar el uno en el cuerpo del otro, el uno sobre el otro, se hacía más fuerte que cualquier otra fuerza.
La puerta del ascensor se abrió en el sótano del edificio y sin dudarlo corrieron como pudieron a la habitación donde se encuentran los controles maestros del ascensor. DANGER. Las letras blancas sobre un fondo rojo pasión decían: Alta tensión y unos truenos advertían a la entrada, sus deseos se hubieran podido representar con ese icono. Luego halaron con fuerza la puerta hacía adentro, ella se hizo sobre unos directorios telefónicos, él bajó la cremallera de su bluejean muy rápido, ella dejó que él le bajara completamente su pantalón y quedó en calzoncitos de encajes, él acarició el vientre tibio que ella dejaba entre ver por la luz neón que se metía a través de las rendijas de la puerta, en menos de nada ambos estaban semi-desnudos, ella tomó con sus manos el falo erguido de su compañero y se lo acercó y lo frotó por todo su sexo sin penetrarse, sus bocas se comían la una a la otra y las caricias explotaban en luces y arco iris caleidoscópicos, sus sexos se empapaban de uno y de otro, se reconocían, se retorcían, estallaban y se reencontraban en señales y códigos ancestrales y totalmente propios. En lenguajes íntimos y públicos, propios e inventados.
Ella lo apretó con fuerza entre las manos y sin hacer ningún tipo de esfuerzo lo resbaló adentro suyo de una sola y certera estocada, los ojos de ella se iluminaron y se blanquearon al mismo tiempo en un espasmo de dolor y de placer indescriptibles, él la abrazó con fuerza y dejó que ella fuera quien comenzara a contraerse, él la acompañó, la siguió, se tomaron en millones de ráfagas de luz hecha carne y fluidos, y abrazos, y caricias.
Afuera la noche y la ciudad y los padres de ella que dormían unos pisos arriba de donde se comían los cómplices sin futuro. Afuera un parqueadero desolado, unos carros, unas bicicletas, el hollín de la ciudad, los pasos desanudados de la madrugada y unas cuantas voces que susurraban a lo lejos. El norte de Bogotá dormía silencioso. El frío de la madrugada se paseaba incrédulo alrededor de los humeantes cuerpos. Todo continuaba absolutamente normal.

XXX

“Hoy vas a saber la puta que tienes por compañera” le susurró al oído mientras se alejaba lentamente de la cama y le arrojaba las medias y el sostén sobre su sorprendido e incrédulo rostro, mientras los colores de la mañana y el canela de sus senos, se reventaban en ondas de uhh, ahh, uhh, ahh...(como la canción)...
El viernes con sabor a sábado trasnochado y sus pulsaciones los convertían en ecuaciones de deseo, sus recónditos pliegues viriles, sus enfurecidas venas, su contorno fálico estallaban contra cada uno de los gestos que ella hacía.
Un paneo-travelling por la habitación y los zapaticos altos, las medias largas como sus piernas, la minifalda convertida en diminuta excusa, florecían sobre la alfombra raída del apartamento. Las cadencias intempestivas de ella empalagaban su mirada incrédula, los compases de color y olores desafiantes y su suavidad extrema convulsionaban en espasmos de adrenalina mezclada con sexo. Eran las diez y cincuenta y cinco minutos de la mañana del viernes 20 de noviembre de 1998. Esa mañana amaneció antes de lo esperado y más nublado que de costumbre.

Las notas musicales disfrazadas de corcheas y claves de sol, se introdujeron en los poros de los amantes como cascadas de caricias. Sus piernas interminables le ofrecieron el camino para que sus manos se deleitaran... Luego ella discretamente alejó el fruto de sus manos e inició un viejo juego ritual, quizás la más antigua de las danzas, la hembra sutilmente desarma al macho emancipador y lo subyuga a su merced. En dos pasitos ella se hizo de espaldas a él, y le ofreció para su deleite un culo perfecto en forma de melocotón, un redondo y gran derriere que se movía en precisas oscilaciones, definidas por la sensualidad de la pequeña sombra de su delineada entrepierna.

Sólo vestía una translúcida blusa blanca que permitía ver el chocolate que colorean sus pezones, ella dejaba, maliciosamente, que él babeara sobre su ombligo, sobre su cintura, sobre las redondísimas formas que conforman su basta geografía.
Luego un beso húmedo y underground resbaló como una ola sobre la barrera coralina, se sumergieron en las profundidades del origen mismo, y sin pensarlo dos veces dejaron a un lado su condición humana y se convirtieron en inmensidad, por segundos él fue ella y ella fue él, navegaron en palabras, en adjetivos, en verbos, y mientras todo lentamente se fundía a negro azuloso, fueron uno en un círculo perfecto, en un número perfecto, mientras él y ella dejaban que la humedad de sus besos en su centro los sumergiera en la eternidad.

Thursday, March 16, 2006

Nohora la mujer de Andrés

De rastros...

1
La noche poco a poco abrazaba al día agonizante, su manto cubría de grises las pocas hebras de luz que coloreaban una que otra nube solitaria. La calle se llenaba de gente, rostros, afanes, miles de percepciones caminaban con indiferencia entre la espesa masa que atiborraba la concurrida acera.
Era la hora en que las oficinas se quedan solas y la calle toma ritmo de carnaval, la hora en que las arterias y las venas citadinas se llenan de partículas, de flujos, de seres que segregan pócimas y veneno.
Los ventanales de uno que otro gran edificio reflejaban el naranja vociferador del crepúsculo. Caía en el firmamento de montañas el sol, una cama de nubes le sostenía en su caída, amortiguaba el sonido espeso de los últimos rayos solares.
Nohora apareció una tarde como esa llena de colores, de asomos de caribe en el valle de los Muiscas. Nohorita vendía artesanías y le hacía trampa a la vida. Carrera cuarta, avenida diecinueve, esquina.
2
Nohora del Carmen Chávez Silva iba y venía por la avenida, se paraba en las esquinas, miraba de soslayo, se camuflaba, era una sombra en la mitad del día. Había tomado sangre de gato y cargaba la cola del animal disecado en su pecho, como un amuleto, estaba totalmente protegida, eso creía, había sido rezada cuando chiquita.
Nohora la mujer de Andrés, así se presentaba a la gente en la calle, era vieja guardia en el parche de la vida y sólo cargaba con diez y siete añitos encima, era menuda, pequeñita, decía que el bazuco estaba acabando con sus encantos y al mismo tiempo que lo decía se cogía sus pechos menudos y su tierno trasero, pero hacía poco para remediarlo. Sus ojos eran del tamaño del gato que sacrificaron con Andrés y el cuesco del Alex, y cuando estaba muy trabada, pacheca, turca o torcida se parecía al gato Garfield.
Desde pequeñita había preferido rodar por las calles con su parche de amigos, rebuscársela en los diferentes negocios que ofrece la calle y guerrearla a ser una manteca, ella solía decir que no servía para andar sirviendo en casa de ricos, que prefería camellarla con la baretica y el incienso, que a un paco de mil del cartucho le sacaba hasta diez lucas acá en el centro y que ahora que ya no metía tanto bazuco estaba mejor, un poco más gordita.
3
Andrés el marido de Nohora estaba encanado hacía un par de días, lo iban a trasladar a la cárcel Modelo de Bogotá, a Nohora eso le preocupaba un resto, ella sabía que allá adentro seguro que a su Andrés se lo comían, por más alcanfor que le echaran a la comida, en cualquier descuidito lleve mi hermano: se lo comían. Como a cualquier César Garvinba.
Nohora trataba de visitarlo todos los días, le llevaba bocadillos y ropa limpia y se llevaba la ropa sucia y la agonía. No sabía porque seguía con él después de tanto tiempo, no sabía si era amor, costumbre, apego, o era ya como parte de la vida, algo así como el apego que le tenía al sukito, a la pavorosa irrealidad de unas bichas, a la pipa, a esos plones que se le anidaban en el fondo de la cabeza y le hacían perder la noción del tiempo y el entorno, a la pipa con ceniza: carros. Días y días corriendo a la velocidad de semejantes aparatos, fumando chirretes de bazuco en cualquier rincón del cartucho, entre la basura, el miedo y las bichas.

4
La calle ahora se ha vuelto más peligrosa, una mañana, Nohora regresaba a regañadientas en sí, después de una noche de chirretes, regateo y excesos. Afuera todos corrían de un lado para otro, ñeras y ñeros corrían como locos, arrastraban sus mugres y sus cobijas, gritaban, aullaban, caían, la adrenalina se respiraba también en el ambiente, unas motos y una camioneta de vidrios negros estaban "haciendo limpieza", disparaban a lo loco, y al loco, a lo que se moviera, a lo que corriera. Nohorita no entendía, no recordaba, sus manos aún sostenían la pipa medio destruida y sus ojos no regresaban del todo a esta realidad. En medio de tanto ruido podía escuchar, como un tambor gigante, el palpitar de su estrepitoso corazón, corría con todas sus fuerzas y le parecía que la moto o la maldita camioneta ya la alcanzaban. El olor a pólvora y a carne quemada empezó a inundar las calles del sector. Mientras Nohorita corría desesperada para salvar su vida pudo ver como caían sus conocidos: ignacito el niño más pepero de la ele, el siete muertos, cliente de cinco huecos, y Marta, su Martica, compañera de tantas aventuras rodó por el suelo con su pequeño bebé ensangrentado colgado de sus brazos.
La camioneta se paseaba como buscando ratas en sus madrigueras, el vapor de la muerte, la soledad y el silencio hicieron su inefable presencia.
Nohorita como pudo se trepo a la buhardilla semidestruida de una casa-olla-fumadero de bazuco-deshuesadero-motelucho, una de esas casas en las que se puede conseguir lo que uno se imagine y lo que no también.
Gracias a su cuerpo menudito y a su agilidad, Nohora resultó en el techo de la casa sobre la buhardilla, como un pajarito herido se acurrucó entre las tejas de barro y con la cara entre sus aterradas manos, dejó que el mal viaje y la pesadilla pasaran. Al cabo de un rato la voz del jefe de jefes en el cartucho retumbó y se hizo sentir: cinco lucas al que vaya y bote los cuerpos en el container, de inmediato un par de sombras que estaban tiradas en una acera y que habían sobrevivido a la piñatica, cubiertos de cobijas y mugre, en un abrir y cerrar de ojos se los cargaron al hombro y todo nuevamente como si nada. Nohora como pudo llegó a la carrera décima por la calle sexta, allí esperó un bus que la acercó a su casa, Andrés la estaría extrañando.
5
Nohora nunca pasaba mucho tiempo en un solo sitio, parecía una gata pequeña que salta y araña el aire y se retuerce, "evolucionaba" incienso, vendía pulseras y collares que ella misma hacía, anillos y latas que compraba en la pajarera, en la doce con décima, se rebuscaba con la baretica, ahora que Andrés esta encanado le tocaba trabajar para él también.
Ayer le llevó tres mil pesos y unas cartas, no lo pudo ver, se dio mañas para camuflarle adentro de un helado un moño de bareta. Con un tombo amigo Andrés le pudo hacer llegar a Nohora unas notas, y un poco de ropa sucia, y una razón bien importante: que a la próxima le llevara bocadillos también.
6
Andrés fue trasladado a la cárcel modelo de Bogotá, justo a los tres meses que lo cogieron, un frío intenso se le metió en la espalda cuando lo sentenciaron en el juzgado, como augurio de lo que le esperaba, en menos de lo que pudo darse cuenta estuvo encerrado entre cuatro paredes tratando de encontrar el tiempo que se le perdía entre las rejas y la mugre de la diminuta celda. El primer día que bajó al patio se la sentenciaron, como lo temía Nohora a su Andrés se lo terminaron comiendo, como a cualquier César Garvimba.
Las reglas en la cárcel son las mismas que en la calle; adentro se necesita billete, con dinero se puede pagar para que no lo bajen al patio y no se corra tanto peligro, se puede comprar la comida que hacen en el patio de los narcos, comida de primera, y evitar comer la comida que hacen en el penal que tiene más de un químico para inhibir el deseo sexual de los reclusos.
Nohora ya no puede visitar a su Andrés todos los días, como cuando estaba en la permanente, al principio iba cada ocho días, después empezó a ir cada quince y ahora hace más de un mes que no va por allá, dice que lo que pasa es que vuelve vuelta mierda de ese lugar, que es como ir al cementerio a visitar a un muerto que no esta muerto, y eso la acaba más que nada en la vida.
7
A Nohorita la cogieron en una redada acá en el centro hace un par de días y no se sabe nada de ella desde entonces. Unos ñeros dicen que a Nohorita la desaparecieron por atravesada y por no dejarse hacer lo que los tombos querían, que en últimas terminaron haciendo lo que ellos querían y después matándola y desapareciendo el cadáver. Ni idea si el amuleto que siempre llevaba en el pecho esta vez no le funcionó y como le profetizaron cuando le leyeron el cigarrillo el día que cumplió los quince años, los problemas más serios los tendría con la autoridad, y las posibles soluciones también. Todo estaba en cómo ella lo decidiera. Puro Libre Albedrío. En el parche dicen que Nohorita quedó como el gato de su amuleto: tieso.
Andrés pagó su condena y cuando salió buscó por todas partes y nunca más supo algo de su Nohorita. Fue como si se la hubiera tragado la tierra, o lo que es peor, como si se la hubieran tragado las celdas...

Sunday, March 12, 2006

Una mañana como esas o...

De rastros...
UNA MAÑANA COMO ESAS O SIMPLEMENTE BLANCO

Los sonidos del amanecer esa madrugada se fueron revelando en armónicos de carros y bocinas alucinadas, medio trasnochadas.
Una modorra arrulladora en mitad de la mañana se pegó a mis costillas y luchó a muerte con el vacío que se prolongaba bajo mi almohada. Algo como el sexo seguro y orgasmos hipodérmicos. Sin látex. Y un colorido y extraño desorden me inyectó veneno y sabiduría. Mediodesperté.
Esa mañana comenzó con un mal presentimiento en la boca del estómago. Una de esas sensaciones que en cualquier momento aparece durmiendo en la cama junto a uno.
La tibia calma del cuarto se expandía como un arco iris sobre el calorcito del cuerpo desnudo que dormía a mi lado. Había algo que susurraba en mi cabeza, algo que no entendía y un frío intenso se me fue acomodando en el cuerpo.
Poco a poco la vida se fue desordenando en frases y dolores de estómago. El día ya comenzaba a oler a medio día y la frágil calma de su aliento aún se desfiguraba tiernamente junto a mí. Todo tenía un cierto sabor a stand by varado en mi garganta.
Estrepitosamente una daga cayó del cielo raso y partió mi percepción en mil pedazos, en mil espejos de celulosa raída y andrajosa.
El olor de su cuerpo me recordó otro cuerpo y ese a otro y ese a otro, todo fue nuevo: el aire, los colores, hasta los buenos días y el sentido pésame, todo.

Remedios despertó sobresaltada, como regresando de una pesadilla. Miró disimuladamente hacia todas partes, desconcertada no reconoció nada, me miró y sonrió, su rostro me recordó desde la primera vez que la vi, a la protagonista de una serie de dibujos manga del cartoon network.
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, seguí cada uno de los movimientos que hizo para asomarse a mirar a la calle. Su piel desnuda brillaba como una mañana de domingo sin resaca.
Se volteo, me miró suavemente y después de un par de segundos de tratar de poner orden a su cabeza, me preguntó con voz ronca, medio destemplada y de acento valluno:
-¿Y cómo es que te llamás?
Yo me quede callado por unos segundos y luego de descubrirme reflejado en sus inmensos ojos negros le respondí: Aníbal.

Remedios examinaba todo, repasaba los cd’s, los videos, me miraba. Yo no podía creer lo que ocurría. Era como un pequeño angelito de alguna caldera del infierno. Su piel se veía tersa. Sus senos redondos y grandes me miraban cuando se movía. Había terminado de pegar un bareto y lo estábamos empezando a fumar recostados en la cama.

- ¿Cómo resulte acá? - me preguntó Remedios mientras aguantaba un plon de hierba en sus pulmones.
Yo trate de ordenar las imágenes que aparecían en mi cabeza como una serpentina de acontecimientos y le di un par de plones más al porro.
-No te fíes mucho de lo que te voy a contar – le dije - mi percepción anoche estaba un poco estimula y bastante delirante. . . había una rumba o algo así en la casa de una mujer que conocí anoche mismo, no recuerdo como se llamaba, Cristina, creo, ¿no recuerdas?
-No, me dijo remedios aguantando el humo.
En fin... la rumba estaba especialmente desordenada, era una casa antigua de aquí de la Candelaria, grande, llena de cuartos gigantes y pasadizos ocultos y laberintos de piedra.
Al bar en el que estaba anoche llegó un grupo de personas, todos en un estado bien especial de ebriedad colectiva, era una locura contagiosa, delirante, ellos invitaron a todos los que estábamos en el bar a celebrar una fiesta en casa de la mujer que te digo, Cristina, ella era como la jefe del grupo, bastante atractiva, vestida toda de cuero negro mate, de rostro muy pálido y labios negros. Cuando llegamos a su casa no hubo que detenernos a esperar a que abrieran las puertas, ellas se abrieron de inmediato.
Una vez en el interior sentí que todo tenía un color y una sensación de otra época, era como estar retrocediendo un par de siglos en el tiempo, un pequeño callejón repleto de enredaderas y musgo abría paso a un patio interior que tenía una pila de agua en el centro, cuatro caminos demarcados en piedra tallada, lo atravesaban, cruzamos el patio y entramos en un pequeño castillo con dos torres y un rústico puente levadizo.
Su interior era algo completamente distinto, estaba equipado con aparatos de última tecnología, desde reproductores láser de música y videos hasta cabinas personales con computadores para tener relaciones virtuales. Bebida y drogas de diseño, cuartos con representaciones teatrales, disfraces, zancos, fuego, saltimbanquis…
Yo caminaba de un lado para otro, entraba en los cuartos y bebía de lo que allí bebían, fumaba de lo que en cada cuarto fumaban y brindaba, saludaba y acariciaba las pieles desnudas que se retorcían de placer totalmente hipnotizadas en su orgía. Fui cómplice de los secretos que se susurraron.

Cada cuarto tenía una atmósfera singular, ambientes góticos, medievales, obscuros, llenos de contraluces, olores que despertaban toda clase de sensaciones. Me quedé atrapado en una habitación muy grande al final de uno de los pasadizos más estrechos. Allí estabas tú. La música era fuerte y constante, llena de pequeños sonidos que se encargaban de recordarle a uno dónde estaba. Me senté en una vieja silla bastante baja que me hizo dar la sensación de estar sentado en el suelo.
Alrededor de tantos negro y obscuros contraluces, podía sentir las oleadas de rojo que teñían de sepia los grises de mi paleta.
Mi mano sostenía un vaso de cerveza que de vez en cuando tomaba para remojar la sequedad de mi boca. La velocidad de mi vehículo me estaba empezando a marear. Sentía que habían pasado días y que pasarían siglos antes de que pudiera ser el mismo. Algo se había rayado para siempre en mi masa cerebral.

El joint que Remedios había “pegado” se había convertido en una graciosa chicharra que volaba entre nuestros retorcidos dedos. El silencio que empezaba a crecer entre los dos, poco a poco, se apoderó de nuestras percepciones sonoras, me sentí extraño, no como siempre, era algo distinto, una levedad que se me salía por la boca del estómago, como si de un momento a otro me fuera a desaparecer. Había un eco que no podía descifrar, un olor a madera, a tierra removida, a soledad, a sabores que me dejaron sumido en esta nebulosa de la que no he podido salir.
Remedios me miraba con mirada de muerta de la risa, de muerta de la muerte. Me quedé helado cuando recordé la puñalada en la espalda, el pulmón perforado, la camiseta blanca llena de sangre, el ritual, la gente, la sangre.

Yo me levanté del resorte viejo y oxidado en el que estaba sentado y me puse a bailar. Me uní a la amorfa plenitud de la fiesta electrónica que reverberaba. Los Pum-Pum-Pum y miles de soniditos y claves y ritmos se alinearon en fila india detrás de mí. Una tonelada de sonidos y luces y humo y pieles y cuerpos hermosos se desvanecieron y me atravesaron con la daga en el callejón que perforó mi espalda.

-¿No recuerdas nada Aníbal? me decía Remedios con la boca llena de sangre y los ojos blancos y desorbitados.
Cerré los ojos con fuerza y me elevé lentamente sobre el techo de mi alcoba, Remedios me jaló de la entrepierna y me succionó el último poquito de vida que quedaba en mis venas. Me fui perdiendo en un orgasmo de colores. Todos los olores pasaron por mis ojos el cielo se lleno de nubes blancas con los rostros de conocidos que habían muerto hacía siglos. El bosque fue blanco. La noche fue blanco. Fade a blanco.

Monday, March 06, 2006

Bueno, húmedo, realmente húmedo no fue...

Bueno realmente húmedo, húmedo, lo que se dice húmedo no fue, quiero decir nunca existió fluido alguno, ni sensación física de humedad, lo llamé sueño húmedo por aquella connotación psicoanalítica que la escuela freudiana se ha encargado de difundir. O sea que en algún momento de la noche me desperté dueño de una magna erección (sin material genético expuesto), resultado, un tanto impertinente, de mis viajes oníricos de esa madrugada... Secuencias de imágenes encadenadas, yuxtapuestas, me recordaron una que otra ocasión en que nos hemos embadurnado del miasma embriagante del sexo. No parece un sueño sino una remembranza de eventos pasados, podrás pensar, pero te digo que fue un sueño, tal vez como todo, como casi siempre, mi inconsciente mezcló un poquito de aquí, con un poquito de allá y resultó en lo que resultó, un delicioso “sueño húmedo”...
Mis dedos se metían entre las hebras desordenadas de tu pelo y acariciaban con fuerza tu cuero cabelludo, se resbalaban entre tu cuello y la lenidad de mármol de tu piel. Mis manos jugaban con el abismo de tu espalda, milímetro a milímetro recorría tu exuberante geografía, dibujaba, tallaba con mis manos y mis labios sobre tu llanura, y entre las cavernas, y los pliegues. Las lenguas se enredaban en la más feroz pelea. Los labios y los dientes se encontraban y se mordían en dentelladas de placer y de lascivia. La ciudad afuera se descosía y gritaba, la tarde caía y el humo denso de la canabis nos envolvía entre su manto, mientras nuestros cuerpos hacían lo imposible por acoplarse.
El color rosa de la aureola de tus pezones se veía más rosado que de costumbre y mi lengua comprobaba la suavidad que mis dedos y mis manos habían encontrado segundos antes. Luego mi boca atrapó la totalidad de tu seno derecho mientras mi mano derecha se enloquecía con tu pezón izquierdo. Las convulsiones que empezábamos a padecer se hacían una sola danza de un solo cuerpo sumergiéndose en las profundidades del placer corporal.
Una vulva caliente, lubricada y envuelta de pelos castaños aparecía retorciéndose entre mis manos, mi dedo anular se instaló sigilosamente sobre tu perplejo clítoris y en oscilaciones constantes y muy repetidas dejabas que el resto de mis dedos y toda mi mano se perdieran entre los labios de tu voraz anémona. Todo un banquete para mis sentidos. Soñaba que soñaba comiéndote la entrepierna, detallando con mi lengua los lugares más secretos de tu anatomía, chupando, lamiendo, mordiendo...
Mi verga parecía que fuera a estallar, la sangre palpitaba en el sexo, y la proximidad cero a tu redondo culo y los terremotos que ocasionábamos, no colaboraban en nada para aplacar la intensidad del encuentro. El momento exacto en que mi verga atravesó tu vulva fue como un fotograma de revelaciones y explosiones psicodélicas, el universo confabulando junto a nosotros y la alegría de la comunión con la vida y con el espacio sideral explotaban con cada estocada que mi puñal te causaba. Fuimos uno vibrando en pareja. Fuerza que construye y que destruye, poción reveladora. Veneno.
La madrugada me descubrió reconstruyendo los trozos del carrete de celuloide onírico que acababa de proyectar.
Y como puedes intuir nunca me oriné... Aunque no lo descarto, pero en esta ocasión no hubo golden rain.

God put a smile upon your face

Estoy cansada de hacer el mismo recorrido por la ciudad una y otra vez, de ir y venir en éstos malditos buses urbanos de mierda sin esperanza, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, de la casa al trabajo y así una y otra vez; Mamada de recorrer la ciudad de a pedazos, los pedazos de calles que hacen mi recorrido de todos los días, de hacer lo mismo siempre desde hace unos años para acá, de cambiar libertad por trabajo, por plata, por pesos, de romperme el culo para tratar de salir de este mierdero en el que me tocó nacer y nada, la trampa esta diseñada para que uno nunca salga; estoy aburrida de hacer lo mismo siempre, todas las tardes: de putear, de ser amable con los clientes cuando me quiero vomitar en sus arrecheras; de mamar vergas flácidas y fingir placer y de tener que tener siempre cara de torta de cumpleaños, de happy birthday en celo, de sexo seguro, cuando realmente lo que quiero es matarlos a todos, aniquilarlos, destruirlos, como Nikita; estoy aburrida del cerdo Mr Liu, de las sonrisitas malintencionadas de la flacuchenta de la Nancy y su parche de amigas basuqueras, de la hipocresía de mis supuestas “amigas”, de la soledad tan asquerosamente honda en la que me encuentro; de los piropos subidos de tono del portero y de las ganas que me tienen los meseros del chochal éste, de toda esta maldita mierda me estoy cansando realmente, no sé qué voy a hacer, algo tengo que hacer, algo se me tiene que ocurrir, alguna mierda se me tiene que dar…
Me gustaría ponerle una bomba a la casa del señol Liu, acabar con su pequeño paraíso, hacerlo volar en miles de pequeños pedacitos, así como me gustaría a mi volar en este instante. En miles de diminutos trocitos de mierda.
Que mala suerte la mía, de todas las posibilidades que se dan en la vida a mi me tocó ésta, de todos los lugares en los que se puede nacer a mi me tocó éste, en este barrio, en esta casa y con esta familia, si es que a éso se le puede llamar familia.
Un día estaba en el rancho cuidando de mis hermanos y al día siguiente estaba forrada en ese trajecito: “buscándome la vida”. Siguiéndole los pasos a mis “amorosas” amigas. Perreando como dice mi mamá. Puteando como me gritó el Manuel cuando se enteró de todo y casi me pega. Ganando plata rápido era lo que yo creía.
Un día de estos me voy a mamar de verdad de todos y de todo y van a saber lo que es una puta enputada, lo juro. Que se tengan de atrás porque mi furia no va a tener compasión con nadie. Ni conmigo misma. Lo juro. Bibiana se levantó del asiento en el que venía meditabunda y de afán timbró tres veces seguidas, como siempre lo hacía, con ganas de irritar al conductor y se bajó en la carrera décima con diez y nueve. De ahí a la casa del coreano no eran sino un par de cuadras.

Sergio y Bibiana se conocieron hace casi un año, y Sergio podría echarle la culpa de todo lo que le terminó ocurriendo a su exnovia, sería demasiado cómodo para él, pero en el fondo tendría razón. Aquel día Sergio y Mónica celebraban el segundo aniversario, y por culpa de una terrible pelea, Sergio terminó en el centro de la ciudad borracho y un poco enbalado, intentando borrarla de sus pensamientos, intentando ahogarla entre botellas de alcohol y porque no, pensaba, entre las piernas de alguna mademoiselle, quería herirla en lo más profundo, donde más le doliera.
Sergio salió del apartamento de Mónica completamente descontrolado, estaba decidido a mandar todo a la mierda y que todo se acabara, no había posibilidad de que las cosas siguieran como estaban, se encontraba cansado de la situación, más de dos años de relaciones tormentosas lo estaban aniquilando, lo habían convertido en un ser osco y malhumorado y no podía continuar así, sentía que la situación estaba tocando fondo y todo indicaba que se dirigían irremediablemente al fracaso. Callejón sin salida.
En la licorera Pepe nocierrra Sergio compró una botella de ron y en el parqueadero de los mariachis un par de papeletas de perico, dejó el carro en el parqueadero de Mónica y se fue en un transmilenio para el centro.
Sergio se perdió entre sus pensamientos mientras el transmilenio arrancaba: en el fondo somos tan diferentes, a Mónica le encanta salir de compras a centros comerciales, y a fiestas, y a bares, y de vida social, pero a mi no mucho, si lo termino haciendo es por que a ella le gusta, pero a mi me gustaría que un día nos fuéramos, no sé, a la montaña, a un nevado, o al mar, a hacer algún deporte de aventura, en fin… a ella todo eso le parece de lo más jarto, adolescente y peligroso, yo creo que irremediablemente hasta acá llegó nuestra historia como pareja, eso es lo que siento, me da tristeza por que no sólo va a ser duro para nosotros sino para nuestras familias que están convencidas de que nos íbamos a casar pronto.
Sergio se bajó en la estación de la calle veintidós, y caminó hacia la carrera trece, caminaba como un ente, como un perdido, estaba en otro lugar, casi no advertía el peligro de las calles, su mirada estaba perdida, sus sentidos agudizados por el alcohol y la cocaína lo hacían sentir como un guerrero medieval de juerga por el down town, entró a la whiskeria del coreano Mr Liu empujado por un portero-mesero que lo había “pescado” en la calle ofreciéndole espectáculo, coca y las mejores chicas de la ciudad, el lugar estaba casi en penumbra, Bibiana estaba en un rincón del bar, sentada en la última de las sillas de la barra, tomaba un trago de brandy y analizaba con detenimiento a cada uno de los posibles clientes que entraban al lugar, Sergio pudo sentir el peso de la mirada de Bibiana desde que entró y cómo lo persiguió hasta que se sentó en el pedazo de sofá junto al escenario.
Un mesero se le acercó y le preguntó por lo que quería beber, Sergio pidió una cerveza, y de repente una luz muy blanca iluminó el escenario y el ensordecedor retumbar de los amplificadores anunció la salida de la siguiente “artista”.
La música sonó a lo que daba el equipo de sonido del lugar, el Pum, Pum, Pum se sentía en el pecho y en todo el cuerpo. Era como si se le metiera a uno en las entrañas. Muy viseral pensó Sergio.
Bibiana apareció envuelta en una nube blanca sobre el escenario, se movía muy despacio, estaba vestida con un pequeño uniforme de colegiala que dejaba entrever la delicada suavidad de su redondo trasero, la faldita de pliegues escocesa que volaba y revolaba como en cámara lenta, la camisa blanca desabotonada y sus muslos acanelados y las medias blancas.
Luego el ritmo enloquecedor de sus contorsiones hipnotizó las miradas perplejas de los asistentes y de Sergio; Bibiana se movía y miraba, se acaricia lentamente y miraba, dejaba escurrir la lengua por sus labios húmedos, introducía la mano debajo de la faldita de colegio y miraba el brillo de las pupilas que volaban como luciérnagas en medio de la obscuridad, como vampiros sobre su canela piel.

Bibiana cumplió diez y siete años hace ocho días. En el bar del coreano decía que tenía diecinueve. Miente sobre su edad desde que se metió en el negocio. Todos lo saben pero nadie dice nada. Para nadie es un secreto la fascinación que despiertan las niñas en algunos viejos verdes y en otros no tan viejos, ni tan verdes también.
Bibiana trabajaba en la whiskería de Mr Liu hacía once meses y medio, diez días más y hubiese cumplido un año de estar trabajando donde el coreano. De estar todas las tardes, con excepción de los domingos, en el negocio de chicas de la veintiuna con trece.
Bibiana terminó su presentación justo con la música y las luces se apagaron, todo quedó nuevamente en penumbra, Bibiana bajó del escenario y se acercó a la mesa donde se encontraba Sergio, sin decirle nada le cerró la boca y le dio un beso que lo dejó untado de colorete rojo hasta por fuera de los labios, luego le susurro al oído: -No te vayas a ir que ya vuelvo. Sergio sintió que un corrientazo le recorría todo el cuerpo, sentía que todo le daba vueltas a mucha velocidad y eso le producía un vértigo delicioso que no lo dejaba mover del lugar en el que estaba, sentía que ni un terremoto lo haría mover de allí.
Bibiana apareció al rato con un par de tragos y se sentó junto a él.
-Usted es la primera vez que viene por acá ¿cierto? Yo no lo había visto nunca y yo tengo buena retentiva con las caras, le dijo Bibiana, mientras dejaba los tragos sobre la mesa y se acomodaba junto a él.
Sergio casi no puede contestarle de la emoción y del miedo. Luego de un momentico de contemplarla en silencio le dijo:
-Si, no, bueno, hace unos meses vine una vez con unos amigos, pero nunca solo y menos a esta hora.
-Y estás como nervioso ¿cierto papi? Tranquilízate que mientras estés conmigo nada te va a pasar. Mientras decía esto Bibiana se fue acercando muy lentamente a Sergio y comenzó a acariciarle los muslos de forma ascendente hasta que atrapó entre sus manos la entre pierna cada vez más abultada de Sergio, luego le volvió a decir:
-y qué ¿vamos a entrar?
Sergio no supo que decir, todo fue tan rápido que cuando quiso razonar nuevamente se encontró con su reflejo en los espejos de una pequeña habitación, le entregaba un par de billetes a Bibiana, y ella le daba otro gran beso apasionado a cambio. Muchos espejos por todas partes repetían una y otra vez la miseria de la escena.
De ahí en adelante no recuerda cuantas veces volvió a buscar a Bibiana, hasta sin dinero en los bolsillos, Sergio llegaba a buscar a su lado malo, como le solía decir a Bibiana mientras se quitaban la ropa y se metían en la cama.

Una tarde, recién llegada al negocio del coreano, Bibiana entró sin avisar a la oficina de Mr. Liu y lo encontró guardando unos fajos de billetes en la caja fuerte. La idea de robar al coreano cada vez se le hacía más probable, más posible. A Bibiana lo que la terminó de convencer fue la película de La Femme Nikita, la había visto un domingo por la noche en la televisión y el lunes siguiente ya tenía armado el plan. Para nadie era un secreto que además del negocio de putas que tenía Mr Liu, el coreano tenía negocios con el narcotráfico y allí se hacían negocios muy sospechosos, con personajes bastante buscados, hasta la policía estaba untada en el negocio del cerdito. Mejor dicho muchas personas querrían hacerle daño al cerdo, pensaba Bibiana, si lograba hacer todo bien no tenían porque sospechar de ella.
Bibiana sabía muy bien que el coreano se moría por volverla a llevar a su oficina. Lo sentía cada vez que entraba con alguno de sus clientes, la mirada del cerdo la perseguía hasta que se perdía en la puerta que lleva a las habitaciones internas, cuando bailaba en el escenario el cerdito dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se quedaba como idiotizado en alguna de las sillas de la barra, sus ojos se redondeaban, perdía su típica expresión de cerdo oriental y la baba se le caía. Bibiana podía verlo cuando alguna de las luces dejaba de alumbrarla a ella e iluminaban al público.

A Bibiana el coreano Mr. Liu siempre le pareció un completo cerdo, no sólo por su apariencia física: bajo, medio calvete y de nariz achatada, sino por la forma como se comportaba, es un completo cerdo humano, pensaba cuando por alguna razón se lo cruzaba y sentía como la devoraba con la mirada. A ella le parecía asqueroso que el cerdo probara primero toda la mercancía que se ofrece en su establecimiento. Aprueba o desaprueba la calidad del arte que comercializa. Es un experto en su campo. A decir verdad y muy en secreto, todas, después del examen, quieren que el cerdito vuelva a repetirles el test de admisión. Eso creía Mr. Liu.
Mr Liu palpa, acaricia, huele, saborea, penetra, estimula, manipula, succiona, es un catador, un crítico, un erudito derramándose en prosa sobre su arte. No en vano lleva más de la mitad de su vida metido en el negocio, aprendiendo en la calle y especializándose en los burdeles de buena y mala muerte de la ciudad. El día que conoció a Bibiana, el coreano Mr Liu sintió un escalofrió extraño que le recorrió de la cabeza a los pies, pero no le hizo caso, tarde comprendería ese extraño vértigo que le producía Bibiana.
Que sea tan selia y lepelente es lo que más me gusta de la tal Bibiana, pensó Mr. Liu, mientras la recorría con la mirada muy detenidamente. money, dinelo es lo que tiene que producil esta pelita y en unos días vuelvo y le hago su examen de mantenimiento.

Bibiana y Sergio se habían convertido en unos buenos amigos. En una suerte de amigovios. Sergio hacía de sus escapadas al centro, cada vez más frecuentes, una aventura sin límites, y conocer a Bibiana se le había convertido en todo un descubrimiento. En un motivo para resistir el tedio que le producía la parcimonia de su vida. El tedio de sus días. Para Bibiana también era un descanso encontrar a alguien con quien poder hablar y alejarse un poco de lo que era la vida en la whiskería del coreano y su vida en general, además no tenía porque negarlo pero se empezaba a encariñar de verdad con Sergio.
-Bibiana dime algo.
-Qué.
-¿No has pensado en cambiar de vida?
-Ay Sergio, mi amorcito, no me vaya a empezar a dar sermones que eso si me saca la piedra.
-No tranquilízate, no es para sermoniarte ni mucho menos, mi intención no es esa, lo que pasa es que me gustaría ayudarte a salir de todo esto, si de verdad es lo que quieres.
-Claro que me gustaría salir de aquí, ¿tu crees que a mi me gusta mucho esto que hago?, pero no veo cómo me puedes ayudar.
-Bueno si, tienes razón, por el momento no sé, pero algo se me tiene que ocurrir, lo importante es saber que realmente estas dispuesta a volar de acá.
Sergio abrazó a Bibiana y la tibia piel de los amantes se volvió a unir en una sola quimera. Los pensamientos de Bibiana la atormentaban y estuvo a punto de decirle todo lo que planeaba, pero no podía involucrar a Sergio, no le podía hacer eso a la única persona con quien contaba en el mundo, pensaba mientras lo abrazaba fuerte y cerraba sus ojos con la misma fuerza con que lo apretaba contra ella.

La mañana que Bibiana decidió hacerlo se levanto muy temprano, se arregló y se perfumó dedicadamente, como si se estuviera arreglando para una cita, una cita con el destino pensaba Bibiana, concentrada en lo que hacía, mientras repasaba, una vez más, el lápiz labial por sus carnosos labios carmín.
No puedo decirle nada a Sergio, me gustaría poder contar con él pero estoy segura que me pueden estar agarrando si me pongo a confiar en él, mejor después de que pase todo lo llamo y le cuento, quizás este dispuesto a escaparse conmigo. Bueno por ahora hay cosas mucho más importantes en que pensar.
Cuando Bibiana llegó a la oficina, Mr Liu se encontraba acurrucado detrás de la puerta de entrada, cerrando la caja fuerte que esta camuflada en ese lugar, y que del afán por la llegada de Bibiana no cerró correctamente. Cuando ella entró y Mr Liu miró el tamaño de la minifalda que tenía puesta Bibiana, corrigió su punto de visión y dejó que subiera los tres escalones de nivel que tiene la oficina y se agachó aún más para hacer de su búsqueda una foto para la eternidad. Luego él acomodó su traje, carraspeó y apareció por la parte de atrás, haciéndose el serio, muy coqueto con ella; pan comido, se dijo Bibiana.
Mr Liu destapó una botella de whisky y le ofreció a Bibiana un trago, luego otro y al rato otro más, después de unas copas se encontraban retorcidos en medio de carcajadas celebrando y brindando. Bibiana aprovechó un descuido de Mr Liu y con mucho disimulo, mientras se encerró en el baño, ella agregó a la copa con whisky de Mr Liu, el contenido de la botellita que muy celosamente guardaba en su mochila, un sedante para caballos, ella buscó en todas las veterinarias de la avenida caracas con calle cincuenta y pico algo para dormir cerdos, pero no encontró, entonces se decidió por uno para dormir caballos, de todas maneras era para dormir un animal.
Mr Liu salió del baño rascándose la nariz, se le notaba acelerado, brindaron nuevamente y Bibiana dejó que el cerdo le cogiera sus tetas y que le empezara a refregar el sexo por sus piernas y su trasero. El cerdito hacía honor a su apodo, movía las cadera y la pelvis como un cerdo copulando, realmente empezaba a calentarse, Bibiana resistía, esperaba que las gotas hicieran efecto rápido, hacia gala de los años que llevaba en el negocio, pensaba en su mamá, en sus hermanitos, en el rancho medio desbaratado, en el recorrido en los buses de todos los días, en la vida que le había tocado por suerte, pero que ahora estaba a punto de cambiar, y de un momento a otro el oriental cayó como un saco de harina al suelo, completamente narcotizado por el somnífero. Bibiana lo arrastró hasta detrás del escritorio le esculcó los bolsillos y le sacó el dinero que tenía, le quitó el arma que guardaba en un estuche que colgaba de su pecho, el reloj de oro, unas cadenas de oro, los anillos, unas gafas de sol, que después de comprobar que le quedaban bien guardó en su mochila junto al resto del botín.

Bibiana no había pensado en cómo salir de la oficina y burlar el anillo de seguridad. Al cerdito le quedaban por lo menos unas doce horas de feliz sueño, pero bajar a la pista de baile y luego salir a la calle, todo eso lleno de la gente del coreano le pareció un suicidio.
Bibiana respiró profundo y trató, inútilmente, de tranquilizarse, pensó que aún tenía tiempo antes de que abajo comenzaran a sospechar algo, Bibiana estaba muy nerviosa, se acercó a revisar que el coreano estuviera totalmente dormido, y sacó de uno de los cajones un rollo de cinta de cerrar cajas y amarró a Mr Liu, lo arrastró y como pudo lo escondió detrás de la barra de licores que había al fondo de la oficina y ¡¡sorpresa!! justo al lado de la puerta de entrada estaba la caja fuerte, no podía creer lo que veía: la puerta de la caja fuerte estaba medio cerrada y no fue sino halar de la perilla y la caja se abrió completamente, sin pensarlo mucho terminó de desocupar la caja fuerte adentro del bolsito vacío con el que había llegado.
En el interior de Bibiana no había espacio para la culpa o el remordimiento, ella se encontraba dichosa, repleta, segura de que todos sus problemas estaban por terminar, convencida de que estaba dando las primeras pinceladas de su nuevo futuro; una extraña seguridad la invadió completamente, recordó la película que había visto en televisión el domingo anterior en la que una mujer tenía que hacer unos trabajitos por encargo de una organización: Nikita, se dijo lentamente para si, y llenó sus pulmones de bocanadas de aire que le produjeron una sensación de bienestar en todo su cuerpo, luego abrió una de las bolsas que estaban en el interior de la caja fuerte y con los dedos pellizcó un poco del polvo blanco y lo aspiró por la nariz, se terminó el trago de whisky y colocó un cd de salsa que el coreano tenía en el aparato musical. Héctor Lavoe acompañó su secuencia.
Bibiana no sabía exactamente cuánto dinero se estaba robando, pero entre billetes colombianos y billetes verdes se hacían unos buenos milloncitos. Bibiana cerró el bolso y se lo colgó, terminó de arreglarse y revisó minuciosamente el lugar y sin pensarlo dos veces bajó a la primera de las pistas de baile, cuando había llegado al pasillo que comunica con la salida se encontró de frente con el jefe de guarda espadas del coreano, Rogelio, un hombre corpulento y de mirada sospechosa, llevaba el intercomunicador en sus mano derecha y en el momento que miró a Bibiana se comunicó con alguien y le dijo la encontré.

Bibiana sintió que se desvanecía, una jauría de buses vomitaron relámpagos en su estómago y sus piernas no respondieron, quiso salir a correr, pero Rogelio se lo impidió, le dijo con su característico acento paisa:
-¿Y vos adónde andabas metida?, mirá que arriba hay un cliente que te esta buscando como loco, ¿vos no has visto al jefe por ahí ? Apurate muchachita que es pa’ hoy, o es que ¿qué? ¿no pensás trabajar hoy? ¿Qué te pasa Bibiana, por qué estás tan pálida, volviste a meter de esa porquería de bazuco o qué? Acordate que vos no te podés ir hasta después de las ocho, ya sabés como es la movida acá ¿no? Quiubo pues mamita o ¿qué quiere la damita que me la lleve alzada…?

Bibiana comenzó a caminar de vuelta hacía la pista de baile, movida por un impulso que podría catalogarse de instinto de conservación, de pataleo de ahogado. Las palabras de Rogelio entraban en su cabeza y se distorsionaban en ondas de ruido y entropía que le produjeron una extraña borrachera.
Bibiana caminaba por el pasillo y trataba de ordenar la secuencia de palabras y oraciones que se hacían desde sus imágenes internas, caminaba lentamente y sujetaba con ambas manos el bolso con el botín, no quería regresar pero Rogelio no se movía y no le quitaba la mirada de encima, de repente Bibiana se volteó y sacando fuerzas de dónde no tenía le dijo a Rogelio:
-Voy a salir a tomar un poco de aire, no me estoy sintiendo nada bien y quiero salir a la calle a tomar un respirito.
Rogelio llamó por el intercomunicador y se comunicó con Cristóbal, el encargado de la seguridad en ese sector y le informó que Bibiana iba para allá.
Cuando Bibiana llegó a la puerta le dijo a Cristóbal que iba a salir un momento pero que ya regresaba, que tenía un cliente esperándola y por eso no podía demorarse nada, que ya venía … y así entre excusita y excusita Bibiana salió del lugar, dobló la esquina y cuando quiso hacerle la parada a un taxi, un peugeut aceituna modelo 80 se le adelantó y parqueó frente a ella y le abrió la puerta del copiloto, ella no lo pensó dos veces y se subió sin mirar quien conducía.
Bibiana estaba bastante alterada y muy nerviosa, no se había dado cuenta que la persona que iba al volante era Sergio. Luego de la sorpresa al reconocerlo y casi sin aire en los pulmones le gritó.
-Tenemos que salir volados de acá, por favor arranca a toda velocidad que ya deben estar dándose cuenta que yo me robe la plata.
-¿De qué diablos estás hablando?
-No hay tiempo de explicaciones arranca y te voy contando.

Los ojos de Bibiana brillaban más que nunca y Sergio creyó ver en ese brillo la señal que hacía mucho tiempo estaba esperando. Sergio sintió que algo a dentro suyo se rompía, que todo lo que había hecho hasta ese momento se diluía, se fraccionaba, que se abría un grieta bajos sus pies y que toda su vida se iba por ella. Que todo se le derrumbaba, y que de manera extraña al mismo tiempo todo nacía de nuevo, que todo se rehacía desde aquel brillo en los ojos de Bibiana. En ese momento el DJ de la emisora anuncio la canción God Put A Smile Upon Your Face del Grupo Coldplay, Sergio le subió el volumen al aparato de música, hundió hasta el fondo el embrague, colocó primera en la caja de cambios, soltó rápidamente el embrague y hundió el pedal del acelerador a lo que daba, las llantas del Peugeot chirriaron y por primera vez en su vida se sintió protagonista de su propia película. Volteo a mirar a Bibiana y por alguna extraña razón recordó a Bonny and Clyde, recordó a Micky y Mallory Knox, a Jim at Jules, y a Nikita que se materializaba en el asiento del copiloto ante sus incrédulos ojos, mientras el naranja incandescente del atardecer se los tragaba en bocanadas de humo, vértigo y noche.

GHB

El teléfono sonó varías veces perturbando el silencio del oscuro cuarto, aún medio dormida levantó el auricular del teléfono. Contestó sin encender la luz de la lámpara.
-¿Alo? La voz de Mery a esa hora de la madrugada sonaba más gruesa que de costumbre.
-¿Señora Mery Arango?
-Si, ¿Quien habla?
-Disculpe por despertarla señora habla Jorge Andrés, yo salí con su hija Ángela hace un par de horas, ¿me recuerda?
-Si claro... ¿Qué pasó? ¿Porqué no han llegado aún? ¿Qué horas son?
Las luces rojas del reloj despertador en su mesita de noche, marcaban sobre la tibia penumbra del cuarto: las cinco diez y siete minutos de la madrugada.
Jorge Andrés observó su reloj swatch de pulsera en la fría sala de emergencias y le dijo –Las cinco y cuarto de la mañana – Jorge Andrés respiró con dificultad y luego continuó – lo que pasó es que tuvimos un problema y estamos en la clínica.
-¿Cómo así que en la clínica, de qué esta hablando, qué clínica? Mery abrió completamente los ojos y encendió la luz de la lámpara.
-En la clínica Marly, en la cuarenta y nueva con trece, venga hasta acá y acá le explico.
-Nooo esta loco dígame que pasó, dígame antes qué diablos fue lo que pasó. Mery Arango de Botero siempre se había caracterizado por ser una persona equilibrada y muy tranquila pero la noticia y la posibilidad de que a su única hija le hubiera pasado algo la sacaron totalmente de casillas, y el tono de su voz fue creciendo con la intensidad de lo que Jorge Andrés le iba contando.
-Bueno señora pero tranquilícese que ellas están estables.
-¡¿Estables?! ¿Cómo así usted qué le hizo a mi hija desgraciado dígame qué pasó?
-No señora, cómo se le ocurre, yo no le hice nada, tranquilícese, lo que pasó fue - el silencio sorprendió a Jorge Andrés por unas milésimas de segundo, su voz se entrecortó y se escuchó por el auricular una fuerte inhalación, luego continuó diciendo - nosotros llegamos a la rumba y cuando entramos ellas decidieron que se iban por un lado y nosotros nos fuéramos por otro, quedamos en que luego nos veíamos y al final de la fiesta las buscamos por todas partes y luego de un rato de estar buscándolas las encontramos tiradas en el suelo, las recogimos y las trajimos para acá. Y ahora la estoy llamando señora.
-¿Pero cómo así acaso usted no salió con ella, cómo así que ella cogió por un lado y usted por otro?
-Si señora eso fue lo que ellas decidieron, me imagino que ya lo tenían planeado así, no sé...
-No, no pero cómo así, ¿Quién más esta con usted?
-Estoy con Sebastián y Mateo, Ángela y Viana están adentro en la sala de cuidados intensivos.
-¿Calle cuarenta y nueve con carrera trece?
-Si señora
-No se vayan hasta que yo llegue, ya voy para allá.
Jorge Andrés colgó el auricular del teléfono público en la clínica Marly. Mateo y Sebastián se acercaron y el color de los rostros de los tres se mimetizó con las baldosas de la clínica, Jorge Andrés balbuceó: -La vieja ya viene para acá.




El semáforo aún no cambiaba a verde y las llantas del Wolks Wagen Golf color negro chirriaron contra el pavimento, el carro salió como un bólido. Jorge Andrés conducía, Sebastián programaba una secuencia de Fat Boy Slim en el mp3, y Mateo en el puesto de atrás abría una botella de Absolut.
El porro humeaba como la chimenea de una vieja locomotora y la norma era no bajar los vidrios del auto, el interior del vehículo cada vez era menos visible. Los parlantes del aparato de música vibraban al ritmo del bajo, las secuencias, y los loops.
Jorge Andrés observó el reloj de la carrera séptima con calle setenta y dos, mientras pasaban sin detenerse, marcaba las diez y treinta de la noche. El viernes empezaba y la amenaza de rumba los tenía ansiosos. El pequeño Wolks Wagen de la mamá de Jorge Andrés volaba rumbo al norte de la ciudad. Iban a recoger a Ángela en la ciento cuarenta y luego a Viana en la ciento cuarenta y siete y de ahí a donde el viejo Memo, el dealer del éxtasis y las pepas.

-Mateo dame un trago, reclamó Jorge Andrés desde el puesto del piloto, luego de proveerse le pasó la botella a Sebastián.
-Bueno pilas que la dirección es por acá. Sebastián encendió la luz del interior del vehículo y consultó la dirección de Ángela que estaba anotada de afán en una cajetilla de cigarrillos Kool.
-Por la próxima a la derecha y luego despacito que si el GPS no me falla la dirección debe ser por acá, el carro avanzó lentamente una cuadra más y, - les dije, llegamos.
Mateo desde el asiento de atrás le dijo a Jorge Andrés:
-A mi me parece que te ganaste la oportunidad de conocer a la suegrita y de poner cara de niño decente.
-Ni lo dudes, continuo Sebastián, de los tres eres el más presentable a si que, péinate un poco, échate goticas y muévete que aún nos falta pasar por Vianita.
Jorge Andrés sabía que su cara de niño bueno y sus inmensos ojos azules eran una buena carta de presentación, sacó las gotas visina y el perfume Hugo Boss de la guantera, se aplicó un poco en las manos y detrás del cuello y un par de gotas en cada ojo, bajó del auto y caminó hasta la casa de Ángela Botero Arango, una de las niñas más lindas del Liceo Francés.
Cuando volvieron al auto Sebastián le dejó el puesto del copiloto a Ángela y él se hizo atrás junto a Mateo. El interior del carro olía a una extraña mezcla de Hugo Boss y la buena hierba del zapatero. ¡Que viva la fiesta! Exclamó Ángela, cuando se acomodó en el carro.
Luego Ángela y Jorge Andrés se bajaron, unas cuadras más adelante, a buscar a Viana. Calle ciento cuarenta y siete con carrera novena. Sentenció Sebastián.
La música adentro del pequeño bólido sonaba a todo volumen, la velocidad del Wolks Wagen y el alcohol en las venas hacían un cóctel bastante explosivo. Ninguno en ese auto era conciente del peligro que se acercaba.
La adrenalina de la rumba parecía alimentar el motor de la nave. Todos volaban en ese carro camino al apartamento de Memo. Camino rumbo destino.






En situaciones como esta Mery extrañaba con más amargura y rencor que nunca a su ex-marido Alfonso. Y no por que aún lo amara o porque le hiciera falta realmente, pero si le gustaría contar más a menudo con el padre de su única hija. Mery lloraba desconsolada, presentía lo peor, buscaba en el closet una sudadera y un par de tenis. Mientras se cambiaba de ropa Mery volvió, después de mucho tiempo, a sentir la presencia de su imagen frente al espejo del baño y se pudo ver reflejada cuando se despojaba de su pijama y dejaba al desnudo sus carnes blancas. Cuarenta y ocho años cumpliría el próximo veintiocho de septiembre y ella no entendía cómo había pasado tanto tiempo. Mery aún era una mujer muy bella. No había vuelto a tener una relación sería desde que se separó de Alfonso. Bueno sin contar el affaire con el ejecutivo joven de la compañía donde trabajaba. Había decidido dedicarse a su hija y a su trabajo. Su vida privada no era su prioridad. Luego de un rato de revolcar en el closet encontró su bolso y revisó que estuvieran las tarjetas de crédito y los papeles y salió despavorida en su Cherokee 4x4 para la clínica. Manejó por la calle ciento cuarenta hasta la carrera séptima y continuó al sur hasta la calle cuarenta y nueve por donde bajó en contravía y faltó poco para que tumbara la señal de pare de la entrada al parqueadero de la clínica Marly. Esperó desesperada la contraseña que la autorizaba a seguir y parqueó cerca de la entrada principal. Mery no pensaba normalmente, sentía como una burbuja de cristal en su cabeza, se sentía como un astronauta, recordó un documental en el discovery channel sobre los viajes a Marte, sentía que todo le empezaba a dar vueltas, entró y buscó al joven flaco con quien había salido su hija y con quien había hablado por teléfono hacía tan sólo unos minutos, pero no lo encontró por ninguna parte. Después de un rato de preguntas sin respuestas, una enfermera pudo darle información acerca de un par de jóvenes que habían llegado hacía un rato, pero de las que no se sabía nada, sólo que las habían traído y las habían dejado en la clínica sin decir nada más. Mery sintió un escalofrío. Mientras caminaban a la sala de cuidados intensivos, Mery tubo un flash back del día en que nació Ángela y los ojos se le llenaron de lágrimas y el vértigo de la vida se le acomodó en la boca del estómago. El frío pasillo blanco azuloso se extendía interminablemente frente a ella, poco a poco se acercaban a la sala de cuidados intensivos en donde estaban las jóvenes. Las piernas le flaqueaban, el corazón latía en su pecho como si fuera a salir a correr, la vida se le estaba hiendo por un enorme hueco lleno de mierda, como en un retrete.
Mery sintió que todo se le rompía en mil pedazos y produjo un grito sordo y seco que la paralizó por unos segundos en la puerta de entrada a la sala de cuidados intensivos.
A la primera que pudo ver fue a Ángela, su hija, un tubo entraba por su boca y bajaba por su garganta, estaba tan pálida como las sábanas y las baldosas del lugar, y en la cama de al lado su amiga Viana, compañera y amiga desde primero primaria. Las dos jóvenes lucían muy mal pero Ángela era la peor de las dos. El daño en su cerebro era casi irreversible, si se salvaba lo más probable era que quedara con algún tipo de secuela notoria. La sustancia que más navegaba en el torrente sanguíneo de las jóvenes era algo conocido como GHB. Una substancia ilegal que es muy utilizada en los Estados Unidos para violar a mujeres sin violencia, pues se supone que adormece y desinhibe la conducta de las victimas. Lo que no se explicaban, ni los médicos, ni las autoridades, ni Mery, era cómo había resultado en la sangre de un par de jóvenes en la ciudad de Bogotá.





Los cinco muchachos entraron al apartamento de Memo Rodríguez, el dealer del éxtasis y las pepas, un poco después de las once y media de la noche. Once y cuarenta y siete marcaba el reloj de Jorge. Memo era un cartagenero de veinticinco años, al que le encantaba que sus clientes y supuestos amigos lo adularan mucho y lo admiraran. Memo había ofrecido su lugar para que hicieran la rumbita de la que tanto hablaban sus clientes, y consumieran allí las substancias que le habían comprado. Con lo que no contaba Memo es que ese mismo día apareciera Cristina, su mujer, y le dañara los planes que tenía en su retorcida cabeza con las amiguitas de sus clientes.
Memo les mostró a los tres muchachos donde estaba la droga, y les enseñó una botella con un líquido al que llamó GHB. Lo guardaba en la nevera junto a la Pepsi-Cola. Les dijo que esa bebida podía convertir la piñatica en una verdadera orgía y que podía ayudar a que las niñas sacaran la puta que llevaban dentro.
-Eso si no mucho porque se les puede ir la mano pela’os y la cosa se jode, pero rendido con algún cóctel es la maravilla, - les dijo Memo. Luego dejó a la visita en la sala y él se encerró en la habitación con su mujer.
Ángela y Viana no tenían ni idea de los planes de sus compañeros de rumba y estaban cada vez más sorprendidas con las atenciones de los muchachos.
El lugar estaba muy bien equipado con muchos juguetes para niños grandes: un televisor gigantesco, dvd, home theater, karaoke, y un play station 2. El sonido era algo bestial, se sentía por todas partes. Y la rumba cada vez se ponía mejor.
Todos cantaron un rato con el karaoke y después hicieron apuestas de prendas con juegos del play station.
A decir verdad Mateo era el menos compenetrado en la fiesta, el desparchado del grupo, Ángela y Jorge Andrés bailaban que parecían uno y Sebastián y Viana se tiraban flirteos a cada rato. Mateo buscaba la música, se ponía los audífonos y se concentraba en lo que hacía, como queriendo decir que no le importaba que él estuviera solo. Se había propuesto no dejar caer la música y jugaba con el computador personal de Memo, lo había conectado al televisor y podía seleccionar las secuencias de imágenes que aparecían en la pantalla, trataba de que las imágenes tuvieran algo que ver con la música y jugaba a contar historias con lo que sonaba y con las imágenes que proyectaba en la pantalla. Actuaba como un VJ, haciendo como si le importara muy poco que sus amigos estuvieran emparejados y él no. Hacía como si todo fuera muy normal. Trataba de no detenerse a mirar como los labios de Ángela y Jorge se comían el uno al otro. O cómo las miradas y las sonrisas de Viana y Sebastián eran cada vez más evidentes a cada comentario por ridículo que fuera del uno o del otro. En fin es probable que la falta de pareja haya motivado a Mateo a recordar la botella que estaba en la nevera junto a la Pepsi-cola. O que el cruce de substancias en la cabeza de Mateo, generara un corto circuito en su disco duro, y lo motivaran a preparar el cóctel “explosivo” que provocó lo que provocó. Lo cierto es que Mateo apareció con unos tragos especialmente arreglados con GHB para las niñas y con otros para sus compañeros. En un principio ni Jorge, ni Sebastián sospecharon nada de lo que estaba empezando a suceder, y brindaron como si nada, pero luego de un rato cayeron en cuenta de lo que estaba haciendo Mateo pero ya era demasiado tarde Ángela y Viana ya habían terminado los tragos y Mateo iba a la cocina por más.

Ángela fue la primera que se empezó a sentir mal. Su palidez asustaba. Viana al poco tiempo también empezó a hacer unos ruiditos extraños como intentando vomitar y de un momento a otro, como la explosión de un volcán, Ángela y Viana comenzaron a vomitar compulsivamente. El tamaño del vomito que las dos niñas proyectaban era increíble, como unas garbage. Sus entrañas se regaban por todo el apartamento de Memo. Mancharon todo a su alrededor, cayeron al suelo y seguían vomitando como unas máquinas de vomitar.
Los tres muchachos quedaron perplejos ante el macabro espectáculo. Jorge Andrés fue el primero que reaccionó e intentó llevar a Ángela al baño pero le fue imposible. Ángela convulsionaba y vomitaba tirada en el suelo. Viana llegó gateando al sanitario y allí se desplomó.
Cuando salió Memo del cuarto y se encontró con su apartamento literalmente vuelto mierda, casi acaba a golpes a los tres muchachos. Levantó de la correa del pantalón a Ángela la tiró adentro y la encerró en el baño junto a Viana.
-De aquí no sale nadie hasta que el apartamento no quede en las condiciones en que estaba cuando llegaron, me entendieron pequeños. - Memo sacó un arma de uno de los cajones de la cocina y amenazó a los desconcertados amigos.
-Viejo Memo pero esas nenas necesitan atención urgente, tenemos que llevarlas a un centro de salud o llamar a un médico. A Jorge Andrés no le importó que Memo tuviera un arma y estuviera tan descontrolado como estaba.
Memo volteó hacia Jorge Andrés lo amenazó con el arma en la cara y le dijo-Tenemos es que ustedes ponerse a arreglar el hijueputa apartamento antes de que se vayan de aquí, porque de acá no van a llamar a ningún malparido doctor, ¿me entendieron cabroncitos?

-Listo hermano, - Mateo trató de hacer de conciliador y se dirigió de inmediato a la cocina a buscar elementos con qué ponerse a limpiar. - ya nos ponemos a limpiar el mierdero pero tranquilo, ¿si?, fresco que ya le dejamos el lugar como si nada, no vaya a cometer una cagada peor viejo Memo, fresco.

Jorge Andrés sabía que estaban perdiendo momentos valiosísimos, el tiempo de Ángela y Viana estaba en sus manos. Y lo único que podían hacer era tratar de limpiar muy bien todo el lugar lo antes posible.



El aparato que muestra los latidos del corazón sonaba incesantemente en la sala de cuidados intensivos, su sonido hipnótico mantenía a flote, como envuelta en una densa y frágil capa de helio, las esperanzas de Mery y le indicaba que su hija continuaba viva, todo en ese lugar era como un inmenso mar verde criptonita en calma. La mañana se iba volviendo tarde como todos los días y como todas las tardes, y el frío de la ciudad se acomodaba entre los huesos.
De un momento a otro y como si alguien hubiera cambiado el canal sin permiso, el silencio, la calma y el ritmo del lugar, se rompieron en un chillido apocalíptico que salió de la máquina que mantenía agarrada la vida de Ángela de un diminuto y delgado hilo de nada. Mery observó todo como si estuviera ocurriendo en el televisor de su alcoba. Al mejor estilo de Sala de Emergencias, pero con sus entrañas desangradas de angustia real y sin cortes comerciales. Todo ocurría como en cámara lenta. Los doctores y las enfermeras corrían para un lado y para el otro. Las imágenes y el sonido le llegaban desincronizados. Sencillamente no lo podía creer. Todo esto no podía estar ocurriéndole. Tenía que ser una pesadilla. Dios no podía dejar que le ocurriera algo así a ella, era injusto.

En la camilla Ángela semidesnuda saltaba con cada impulso del aparato que le mandaba corriente eléctrica a su inmóvil corazón. No respondía. La vida poco a poco se le iba sin que nadie pudiera hacer nada. Ángela se moría.

Mery no se enteró cómo ni quien la sacó de esa sala. Lo que si sabe muy bien es que a partir de ese momento su vida se partió irremediablemente y nunca más pudo volver a pegarla coherentemente. Nunca más volvió a ser la misma.

Los doctores dijeron que la causa de la muerte de Ángela había sido lo tarde que fueron llevadas las jóvenes a la clínica para realizarles los primeros auxilios, además en la sangre de las jóvenes también se encontraron restos de éxtasis, canabis, alcohol, y mucho GHB, esta substancia además de inmovilizar a las victimas y producirles amnesia, en exceso produce lo que se conoce como vómito explosivo.

Viana salió del coma al poco tiempo, pero aún no se recupera completamente de las heridas emocionales que le dejaron. Le tatuaron la calma de miedo para siempre. Mery no pudo con el golpe y se refugio en el alcohol. Luego de las declaraciones de Viana capturaron a Memo y les rebajaron la sentencia a Jorge, Mateo y Sebastián.