Monday, March 06, 2006

Bueno, húmedo, realmente húmedo no fue...

Bueno realmente húmedo, húmedo, lo que se dice húmedo no fue, quiero decir nunca existió fluido alguno, ni sensación física de humedad, lo llamé sueño húmedo por aquella connotación psicoanalítica que la escuela freudiana se ha encargado de difundir. O sea que en algún momento de la noche me desperté dueño de una magna erección (sin material genético expuesto), resultado, un tanto impertinente, de mis viajes oníricos de esa madrugada... Secuencias de imágenes encadenadas, yuxtapuestas, me recordaron una que otra ocasión en que nos hemos embadurnado del miasma embriagante del sexo. No parece un sueño sino una remembranza de eventos pasados, podrás pensar, pero te digo que fue un sueño, tal vez como todo, como casi siempre, mi inconsciente mezcló un poquito de aquí, con un poquito de allá y resultó en lo que resultó, un delicioso “sueño húmedo”...
Mis dedos se metían entre las hebras desordenadas de tu pelo y acariciaban con fuerza tu cuero cabelludo, se resbalaban entre tu cuello y la lenidad de mármol de tu piel. Mis manos jugaban con el abismo de tu espalda, milímetro a milímetro recorría tu exuberante geografía, dibujaba, tallaba con mis manos y mis labios sobre tu llanura, y entre las cavernas, y los pliegues. Las lenguas se enredaban en la más feroz pelea. Los labios y los dientes se encontraban y se mordían en dentelladas de placer y de lascivia. La ciudad afuera se descosía y gritaba, la tarde caía y el humo denso de la canabis nos envolvía entre su manto, mientras nuestros cuerpos hacían lo imposible por acoplarse.
El color rosa de la aureola de tus pezones se veía más rosado que de costumbre y mi lengua comprobaba la suavidad que mis dedos y mis manos habían encontrado segundos antes. Luego mi boca atrapó la totalidad de tu seno derecho mientras mi mano derecha se enloquecía con tu pezón izquierdo. Las convulsiones que empezábamos a padecer se hacían una sola danza de un solo cuerpo sumergiéndose en las profundidades del placer corporal.
Una vulva caliente, lubricada y envuelta de pelos castaños aparecía retorciéndose entre mis manos, mi dedo anular se instaló sigilosamente sobre tu perplejo clítoris y en oscilaciones constantes y muy repetidas dejabas que el resto de mis dedos y toda mi mano se perdieran entre los labios de tu voraz anémona. Todo un banquete para mis sentidos. Soñaba que soñaba comiéndote la entrepierna, detallando con mi lengua los lugares más secretos de tu anatomía, chupando, lamiendo, mordiendo...
Mi verga parecía que fuera a estallar, la sangre palpitaba en el sexo, y la proximidad cero a tu redondo culo y los terremotos que ocasionábamos, no colaboraban en nada para aplacar la intensidad del encuentro. El momento exacto en que mi verga atravesó tu vulva fue como un fotograma de revelaciones y explosiones psicodélicas, el universo confabulando junto a nosotros y la alegría de la comunión con la vida y con el espacio sideral explotaban con cada estocada que mi puñal te causaba. Fuimos uno vibrando en pareja. Fuerza que construye y que destruye, poción reveladora. Veneno.
La madrugada me descubrió reconstruyendo los trozos del carrete de celuloide onírico que acababa de proyectar.
Y como puedes intuir nunca me oriné... Aunque no lo descarto, pero en esta ocasión no hubo golden rain.

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