GHB
El teléfono sonó varías veces perturbando el silencio del oscuro cuarto, aún medio dormida levantó el auricular del teléfono. Contestó sin encender la luz de la lámpara.
-¿Alo? La voz de Mery a esa hora de la madrugada sonaba más gruesa que de costumbre.
-¿Señora Mery Arango?
-Si, ¿Quien habla?
-Disculpe por despertarla señora habla Jorge Andrés, yo salí con su hija Ángela hace un par de horas, ¿me recuerda?
-Si claro... ¿Qué pasó? ¿Porqué no han llegado aún? ¿Qué horas son?
Las luces rojas del reloj despertador en su mesita de noche, marcaban sobre la tibia penumbra del cuarto: las cinco diez y siete minutos de la madrugada.
Jorge Andrés observó su reloj swatch de pulsera en la fría sala de emergencias y le dijo –Las cinco y cuarto de la mañana – Jorge Andrés respiró con dificultad y luego continuó – lo que pasó es que tuvimos un problema y estamos en la clínica.
-¿Cómo así que en la clínica, de qué esta hablando, qué clínica? Mery abrió completamente los ojos y encendió la luz de la lámpara.
-En la clínica Marly, en la cuarenta y nueva con trece, venga hasta acá y acá le explico.
-Nooo esta loco dígame que pasó, dígame antes qué diablos fue lo que pasó. Mery Arango de Botero siempre se había caracterizado por ser una persona equilibrada y muy tranquila pero la noticia y la posibilidad de que a su única hija le hubiera pasado algo la sacaron totalmente de casillas, y el tono de su voz fue creciendo con la intensidad de lo que Jorge Andrés le iba contando.
-Bueno señora pero tranquilícese que ellas están estables.
-¡¿Estables?! ¿Cómo así usted qué le hizo a mi hija desgraciado dígame qué pasó?
-No señora, cómo se le ocurre, yo no le hice nada, tranquilícese, lo que pasó fue - el silencio sorprendió a Jorge Andrés por unas milésimas de segundo, su voz se entrecortó y se escuchó por el auricular una fuerte inhalación, luego continuó diciendo - nosotros llegamos a la rumba y cuando entramos ellas decidieron que se iban por un lado y nosotros nos fuéramos por otro, quedamos en que luego nos veíamos y al final de la fiesta las buscamos por todas partes y luego de un rato de estar buscándolas las encontramos tiradas en el suelo, las recogimos y las trajimos para acá. Y ahora la estoy llamando señora.
-¿Pero cómo así acaso usted no salió con ella, cómo así que ella cogió por un lado y usted por otro?
-Si señora eso fue lo que ellas decidieron, me imagino que ya lo tenían planeado así, no sé...
-No, no pero cómo así, ¿Quién más esta con usted?
-Estoy con Sebastián y Mateo, Ángela y Viana están adentro en la sala de cuidados intensivos.
-¿Calle cuarenta y nueve con carrera trece?
-Si señora
-No se vayan hasta que yo llegue, ya voy para allá.
Jorge Andrés colgó el auricular del teléfono público en la clínica Marly. Mateo y Sebastián se acercaron y el color de los rostros de los tres se mimetizó con las baldosas de la clínica, Jorge Andrés balbuceó: -La vieja ya viene para acá.
El semáforo aún no cambiaba a verde y las llantas del Wolks Wagen Golf color negro chirriaron contra el pavimento, el carro salió como un bólido. Jorge Andrés conducía, Sebastián programaba una secuencia de Fat Boy Slim en el mp3, y Mateo en el puesto de atrás abría una botella de Absolut.
El porro humeaba como la chimenea de una vieja locomotora y la norma era no bajar los vidrios del auto, el interior del vehículo cada vez era menos visible. Los parlantes del aparato de música vibraban al ritmo del bajo, las secuencias, y los loops.
Jorge Andrés observó el reloj de la carrera séptima con calle setenta y dos, mientras pasaban sin detenerse, marcaba las diez y treinta de la noche. El viernes empezaba y la amenaza de rumba los tenía ansiosos. El pequeño Wolks Wagen de la mamá de Jorge Andrés volaba rumbo al norte de la ciudad. Iban a recoger a Ángela en la ciento cuarenta y luego a Viana en la ciento cuarenta y siete y de ahí a donde el viejo Memo, el dealer del éxtasis y las pepas.
-Mateo dame un trago, reclamó Jorge Andrés desde el puesto del piloto, luego de proveerse le pasó la botella a Sebastián.
-Bueno pilas que la dirección es por acá. Sebastián encendió la luz del interior del vehículo y consultó la dirección de Ángela que estaba anotada de afán en una cajetilla de cigarrillos Kool.
-Por la próxima a la derecha y luego despacito que si el GPS no me falla la dirección debe ser por acá, el carro avanzó lentamente una cuadra más y, - les dije, llegamos.
Mateo desde el asiento de atrás le dijo a Jorge Andrés:
-A mi me parece que te ganaste la oportunidad de conocer a la suegrita y de poner cara de niño decente.
-Ni lo dudes, continuo Sebastián, de los tres eres el más presentable a si que, péinate un poco, échate goticas y muévete que aún nos falta pasar por Vianita.
Jorge Andrés sabía que su cara de niño bueno y sus inmensos ojos azules eran una buena carta de presentación, sacó las gotas visina y el perfume Hugo Boss de la guantera, se aplicó un poco en las manos y detrás del cuello y un par de gotas en cada ojo, bajó del auto y caminó hasta la casa de Ángela Botero Arango, una de las niñas más lindas del Liceo Francés.
Cuando volvieron al auto Sebastián le dejó el puesto del copiloto a Ángela y él se hizo atrás junto a Mateo. El interior del carro olía a una extraña mezcla de Hugo Boss y la buena hierba del zapatero. ¡Que viva la fiesta! Exclamó Ángela, cuando se acomodó en el carro.
Luego Ángela y Jorge Andrés se bajaron, unas cuadras más adelante, a buscar a Viana. Calle ciento cuarenta y siete con carrera novena. Sentenció Sebastián.
La música adentro del pequeño bólido sonaba a todo volumen, la velocidad del Wolks Wagen y el alcohol en las venas hacían un cóctel bastante explosivo. Ninguno en ese auto era conciente del peligro que se acercaba.
La adrenalina de la rumba parecía alimentar el motor de la nave. Todos volaban en ese carro camino al apartamento de Memo. Camino rumbo destino.
En situaciones como esta Mery extrañaba con más amargura y rencor que nunca a su ex-marido Alfonso. Y no por que aún lo amara o porque le hiciera falta realmente, pero si le gustaría contar más a menudo con el padre de su única hija. Mery lloraba desconsolada, presentía lo peor, buscaba en el closet una sudadera y un par de tenis. Mientras se cambiaba de ropa Mery volvió, después de mucho tiempo, a sentir la presencia de su imagen frente al espejo del baño y se pudo ver reflejada cuando se despojaba de su pijama y dejaba al desnudo sus carnes blancas. Cuarenta y ocho años cumpliría el próximo veintiocho de septiembre y ella no entendía cómo había pasado tanto tiempo. Mery aún era una mujer muy bella. No había vuelto a tener una relación sería desde que se separó de Alfonso. Bueno sin contar el affaire con el ejecutivo joven de la compañía donde trabajaba. Había decidido dedicarse a su hija y a su trabajo. Su vida privada no era su prioridad. Luego de un rato de revolcar en el closet encontró su bolso y revisó que estuvieran las tarjetas de crédito y los papeles y salió despavorida en su Cherokee 4x4 para la clínica. Manejó por la calle ciento cuarenta hasta la carrera séptima y continuó al sur hasta la calle cuarenta y nueve por donde bajó en contravía y faltó poco para que tumbara la señal de pare de la entrada al parqueadero de la clínica Marly. Esperó desesperada la contraseña que la autorizaba a seguir y parqueó cerca de la entrada principal. Mery no pensaba normalmente, sentía como una burbuja de cristal en su cabeza, se sentía como un astronauta, recordó un documental en el discovery channel sobre los viajes a Marte, sentía que todo le empezaba a dar vueltas, entró y buscó al joven flaco con quien había salido su hija y con quien había hablado por teléfono hacía tan sólo unos minutos, pero no lo encontró por ninguna parte. Después de un rato de preguntas sin respuestas, una enfermera pudo darle información acerca de un par de jóvenes que habían llegado hacía un rato, pero de las que no se sabía nada, sólo que las habían traído y las habían dejado en la clínica sin decir nada más. Mery sintió un escalofrío. Mientras caminaban a la sala de cuidados intensivos, Mery tubo un flash back del día en que nació Ángela y los ojos se le llenaron de lágrimas y el vértigo de la vida se le acomodó en la boca del estómago. El frío pasillo blanco azuloso se extendía interminablemente frente a ella, poco a poco se acercaban a la sala de cuidados intensivos en donde estaban las jóvenes. Las piernas le flaqueaban, el corazón latía en su pecho como si fuera a salir a correr, la vida se le estaba hiendo por un enorme hueco lleno de mierda, como en un retrete.
Mery sintió que todo se le rompía en mil pedazos y produjo un grito sordo y seco que la paralizó por unos segundos en la puerta de entrada a la sala de cuidados intensivos.
A la primera que pudo ver fue a Ángela, su hija, un tubo entraba por su boca y bajaba por su garganta, estaba tan pálida como las sábanas y las baldosas del lugar, y en la cama de al lado su amiga Viana, compañera y amiga desde primero primaria. Las dos jóvenes lucían muy mal pero Ángela era la peor de las dos. El daño en su cerebro era casi irreversible, si se salvaba lo más probable era que quedara con algún tipo de secuela notoria. La sustancia que más navegaba en el torrente sanguíneo de las jóvenes era algo conocido como GHB. Una substancia ilegal que es muy utilizada en los Estados Unidos para violar a mujeres sin violencia, pues se supone que adormece y desinhibe la conducta de las victimas. Lo que no se explicaban, ni los médicos, ni las autoridades, ni Mery, era cómo había resultado en la sangre de un par de jóvenes en la ciudad de Bogotá.
Los cinco muchachos entraron al apartamento de Memo Rodríguez, el dealer del éxtasis y las pepas, un poco después de las once y media de la noche. Once y cuarenta y siete marcaba el reloj de Jorge. Memo era un cartagenero de veinticinco años, al que le encantaba que sus clientes y supuestos amigos lo adularan mucho y lo admiraran. Memo había ofrecido su lugar para que hicieran la rumbita de la que tanto hablaban sus clientes, y consumieran allí las substancias que le habían comprado. Con lo que no contaba Memo es que ese mismo día apareciera Cristina, su mujer, y le dañara los planes que tenía en su retorcida cabeza con las amiguitas de sus clientes.
Memo les mostró a los tres muchachos donde estaba la droga, y les enseñó una botella con un líquido al que llamó GHB. Lo guardaba en la nevera junto a la Pepsi-Cola. Les dijo que esa bebida podía convertir la piñatica en una verdadera orgía y que podía ayudar a que las niñas sacaran la puta que llevaban dentro.
-Eso si no mucho porque se les puede ir la mano pela’os y la cosa se jode, pero rendido con algún cóctel es la maravilla, - les dijo Memo. Luego dejó a la visita en la sala y él se encerró en la habitación con su mujer.
Ángela y Viana no tenían ni idea de los planes de sus compañeros de rumba y estaban cada vez más sorprendidas con las atenciones de los muchachos.
El lugar estaba muy bien equipado con muchos juguetes para niños grandes: un televisor gigantesco, dvd, home theater, karaoke, y un play station 2. El sonido era algo bestial, se sentía por todas partes. Y la rumba cada vez se ponía mejor.
Todos cantaron un rato con el karaoke y después hicieron apuestas de prendas con juegos del play station.
A decir verdad Mateo era el menos compenetrado en la fiesta, el desparchado del grupo, Ángela y Jorge Andrés bailaban que parecían uno y Sebastián y Viana se tiraban flirteos a cada rato. Mateo buscaba la música, se ponía los audífonos y se concentraba en lo que hacía, como queriendo decir que no le importaba que él estuviera solo. Se había propuesto no dejar caer la música y jugaba con el computador personal de Memo, lo había conectado al televisor y podía seleccionar las secuencias de imágenes que aparecían en la pantalla, trataba de que las imágenes tuvieran algo que ver con la música y jugaba a contar historias con lo que sonaba y con las imágenes que proyectaba en la pantalla. Actuaba como un VJ, haciendo como si le importara muy poco que sus amigos estuvieran emparejados y él no. Hacía como si todo fuera muy normal. Trataba de no detenerse a mirar como los labios de Ángela y Jorge se comían el uno al otro. O cómo las miradas y las sonrisas de Viana y Sebastián eran cada vez más evidentes a cada comentario por ridículo que fuera del uno o del otro. En fin es probable que la falta de pareja haya motivado a Mateo a recordar la botella que estaba en la nevera junto a la Pepsi-cola. O que el cruce de substancias en la cabeza de Mateo, generara un corto circuito en su disco duro, y lo motivaran a preparar el cóctel “explosivo” que provocó lo que provocó. Lo cierto es que Mateo apareció con unos tragos especialmente arreglados con GHB para las niñas y con otros para sus compañeros. En un principio ni Jorge, ni Sebastián sospecharon nada de lo que estaba empezando a suceder, y brindaron como si nada, pero luego de un rato cayeron en cuenta de lo que estaba haciendo Mateo pero ya era demasiado tarde Ángela y Viana ya habían terminado los tragos y Mateo iba a la cocina por más.
Ángela fue la primera que se empezó a sentir mal. Su palidez asustaba. Viana al poco tiempo también empezó a hacer unos ruiditos extraños como intentando vomitar y de un momento a otro, como la explosión de un volcán, Ángela y Viana comenzaron a vomitar compulsivamente. El tamaño del vomito que las dos niñas proyectaban era increíble, como unas garbage. Sus entrañas se regaban por todo el apartamento de Memo. Mancharon todo a su alrededor, cayeron al suelo y seguían vomitando como unas máquinas de vomitar.
Los tres muchachos quedaron perplejos ante el macabro espectáculo. Jorge Andrés fue el primero que reaccionó e intentó llevar a Ángela al baño pero le fue imposible. Ángela convulsionaba y vomitaba tirada en el suelo. Viana llegó gateando al sanitario y allí se desplomó.
Cuando salió Memo del cuarto y se encontró con su apartamento literalmente vuelto mierda, casi acaba a golpes a los tres muchachos. Levantó de la correa del pantalón a Ángela la tiró adentro y la encerró en el baño junto a Viana.
-De aquí no sale nadie hasta que el apartamento no quede en las condiciones en que estaba cuando llegaron, me entendieron pequeños. - Memo sacó un arma de uno de los cajones de la cocina y amenazó a los desconcertados amigos.
-Viejo Memo pero esas nenas necesitan atención urgente, tenemos que llevarlas a un centro de salud o llamar a un médico. A Jorge Andrés no le importó que Memo tuviera un arma y estuviera tan descontrolado como estaba.
Memo volteó hacia Jorge Andrés lo amenazó con el arma en la cara y le dijo-Tenemos es que ustedes ponerse a arreglar el hijueputa apartamento antes de que se vayan de aquí, porque de acá no van a llamar a ningún malparido doctor, ¿me entendieron cabroncitos?
-Listo hermano, - Mateo trató de hacer de conciliador y se dirigió de inmediato a la cocina a buscar elementos con qué ponerse a limpiar. - ya nos ponemos a limpiar el mierdero pero tranquilo, ¿si?, fresco que ya le dejamos el lugar como si nada, no vaya a cometer una cagada peor viejo Memo, fresco.
Jorge Andrés sabía que estaban perdiendo momentos valiosísimos, el tiempo de Ángela y Viana estaba en sus manos. Y lo único que podían hacer era tratar de limpiar muy bien todo el lugar lo antes posible.
El aparato que muestra los latidos del corazón sonaba incesantemente en la sala de cuidados intensivos, su sonido hipnótico mantenía a flote, como envuelta en una densa y frágil capa de helio, las esperanzas de Mery y le indicaba que su hija continuaba viva, todo en ese lugar era como un inmenso mar verde criptonita en calma. La mañana se iba volviendo tarde como todos los días y como todas las tardes, y el frío de la ciudad se acomodaba entre los huesos.
De un momento a otro y como si alguien hubiera cambiado el canal sin permiso, el silencio, la calma y el ritmo del lugar, se rompieron en un chillido apocalíptico que salió de la máquina que mantenía agarrada la vida de Ángela de un diminuto y delgado hilo de nada. Mery observó todo como si estuviera ocurriendo en el televisor de su alcoba. Al mejor estilo de Sala de Emergencias, pero con sus entrañas desangradas de angustia real y sin cortes comerciales. Todo ocurría como en cámara lenta. Los doctores y las enfermeras corrían para un lado y para el otro. Las imágenes y el sonido le llegaban desincronizados. Sencillamente no lo podía creer. Todo esto no podía estar ocurriéndole. Tenía que ser una pesadilla. Dios no podía dejar que le ocurriera algo así a ella, era injusto.
En la camilla Ángela semidesnuda saltaba con cada impulso del aparato que le mandaba corriente eléctrica a su inmóvil corazón. No respondía. La vida poco a poco se le iba sin que nadie pudiera hacer nada. Ángela se moría.
Mery no se enteró cómo ni quien la sacó de esa sala. Lo que si sabe muy bien es que a partir de ese momento su vida se partió irremediablemente y nunca más pudo volver a pegarla coherentemente. Nunca más volvió a ser la misma.
Los doctores dijeron que la causa de la muerte de Ángela había sido lo tarde que fueron llevadas las jóvenes a la clínica para realizarles los primeros auxilios, además en la sangre de las jóvenes también se encontraron restos de éxtasis, canabis, alcohol, y mucho GHB, esta substancia además de inmovilizar a las victimas y producirles amnesia, en exceso produce lo que se conoce como vómito explosivo.
Viana salió del coma al poco tiempo, pero aún no se recupera completamente de las heridas emocionales que le dejaron. Le tatuaron la calma de miedo para siempre. Mery no pudo con el golpe y se refugio en el alcohol. Luego de las declaraciones de Viana capturaron a Memo y les rebajaron la sentencia a Jorge, Mateo y Sebastián.
-¿Alo? La voz de Mery a esa hora de la madrugada sonaba más gruesa que de costumbre.
-¿Señora Mery Arango?
-Si, ¿Quien habla?
-Disculpe por despertarla señora habla Jorge Andrés, yo salí con su hija Ángela hace un par de horas, ¿me recuerda?
-Si claro... ¿Qué pasó? ¿Porqué no han llegado aún? ¿Qué horas son?
Las luces rojas del reloj despertador en su mesita de noche, marcaban sobre la tibia penumbra del cuarto: las cinco diez y siete minutos de la madrugada.
Jorge Andrés observó su reloj swatch de pulsera en la fría sala de emergencias y le dijo –Las cinco y cuarto de la mañana – Jorge Andrés respiró con dificultad y luego continuó – lo que pasó es que tuvimos un problema y estamos en la clínica.
-¿Cómo así que en la clínica, de qué esta hablando, qué clínica? Mery abrió completamente los ojos y encendió la luz de la lámpara.
-En la clínica Marly, en la cuarenta y nueva con trece, venga hasta acá y acá le explico.
-Nooo esta loco dígame que pasó, dígame antes qué diablos fue lo que pasó. Mery Arango de Botero siempre se había caracterizado por ser una persona equilibrada y muy tranquila pero la noticia y la posibilidad de que a su única hija le hubiera pasado algo la sacaron totalmente de casillas, y el tono de su voz fue creciendo con la intensidad de lo que Jorge Andrés le iba contando.
-Bueno señora pero tranquilícese que ellas están estables.
-¡¿Estables?! ¿Cómo así usted qué le hizo a mi hija desgraciado dígame qué pasó?
-No señora, cómo se le ocurre, yo no le hice nada, tranquilícese, lo que pasó fue - el silencio sorprendió a Jorge Andrés por unas milésimas de segundo, su voz se entrecortó y se escuchó por el auricular una fuerte inhalación, luego continuó diciendo - nosotros llegamos a la rumba y cuando entramos ellas decidieron que se iban por un lado y nosotros nos fuéramos por otro, quedamos en que luego nos veíamos y al final de la fiesta las buscamos por todas partes y luego de un rato de estar buscándolas las encontramos tiradas en el suelo, las recogimos y las trajimos para acá. Y ahora la estoy llamando señora.
-¿Pero cómo así acaso usted no salió con ella, cómo así que ella cogió por un lado y usted por otro?
-Si señora eso fue lo que ellas decidieron, me imagino que ya lo tenían planeado así, no sé...
-No, no pero cómo así, ¿Quién más esta con usted?
-Estoy con Sebastián y Mateo, Ángela y Viana están adentro en la sala de cuidados intensivos.
-¿Calle cuarenta y nueve con carrera trece?
-Si señora
-No se vayan hasta que yo llegue, ya voy para allá.
Jorge Andrés colgó el auricular del teléfono público en la clínica Marly. Mateo y Sebastián se acercaron y el color de los rostros de los tres se mimetizó con las baldosas de la clínica, Jorge Andrés balbuceó: -La vieja ya viene para acá.
El semáforo aún no cambiaba a verde y las llantas del Wolks Wagen Golf color negro chirriaron contra el pavimento, el carro salió como un bólido. Jorge Andrés conducía, Sebastián programaba una secuencia de Fat Boy Slim en el mp3, y Mateo en el puesto de atrás abría una botella de Absolut.
El porro humeaba como la chimenea de una vieja locomotora y la norma era no bajar los vidrios del auto, el interior del vehículo cada vez era menos visible. Los parlantes del aparato de música vibraban al ritmo del bajo, las secuencias, y los loops.
Jorge Andrés observó el reloj de la carrera séptima con calle setenta y dos, mientras pasaban sin detenerse, marcaba las diez y treinta de la noche. El viernes empezaba y la amenaza de rumba los tenía ansiosos. El pequeño Wolks Wagen de la mamá de Jorge Andrés volaba rumbo al norte de la ciudad. Iban a recoger a Ángela en la ciento cuarenta y luego a Viana en la ciento cuarenta y siete y de ahí a donde el viejo Memo, el dealer del éxtasis y las pepas.
-Mateo dame un trago, reclamó Jorge Andrés desde el puesto del piloto, luego de proveerse le pasó la botella a Sebastián.
-Bueno pilas que la dirección es por acá. Sebastián encendió la luz del interior del vehículo y consultó la dirección de Ángela que estaba anotada de afán en una cajetilla de cigarrillos Kool.
-Por la próxima a la derecha y luego despacito que si el GPS no me falla la dirección debe ser por acá, el carro avanzó lentamente una cuadra más y, - les dije, llegamos.
Mateo desde el asiento de atrás le dijo a Jorge Andrés:
-A mi me parece que te ganaste la oportunidad de conocer a la suegrita y de poner cara de niño decente.
-Ni lo dudes, continuo Sebastián, de los tres eres el más presentable a si que, péinate un poco, échate goticas y muévete que aún nos falta pasar por Vianita.
Jorge Andrés sabía que su cara de niño bueno y sus inmensos ojos azules eran una buena carta de presentación, sacó las gotas visina y el perfume Hugo Boss de la guantera, se aplicó un poco en las manos y detrás del cuello y un par de gotas en cada ojo, bajó del auto y caminó hasta la casa de Ángela Botero Arango, una de las niñas más lindas del Liceo Francés.
Cuando volvieron al auto Sebastián le dejó el puesto del copiloto a Ángela y él se hizo atrás junto a Mateo. El interior del carro olía a una extraña mezcla de Hugo Boss y la buena hierba del zapatero. ¡Que viva la fiesta! Exclamó Ángela, cuando se acomodó en el carro.
Luego Ángela y Jorge Andrés se bajaron, unas cuadras más adelante, a buscar a Viana. Calle ciento cuarenta y siete con carrera novena. Sentenció Sebastián.
La música adentro del pequeño bólido sonaba a todo volumen, la velocidad del Wolks Wagen y el alcohol en las venas hacían un cóctel bastante explosivo. Ninguno en ese auto era conciente del peligro que se acercaba.
La adrenalina de la rumba parecía alimentar el motor de la nave. Todos volaban en ese carro camino al apartamento de Memo. Camino rumbo destino.
En situaciones como esta Mery extrañaba con más amargura y rencor que nunca a su ex-marido Alfonso. Y no por que aún lo amara o porque le hiciera falta realmente, pero si le gustaría contar más a menudo con el padre de su única hija. Mery lloraba desconsolada, presentía lo peor, buscaba en el closet una sudadera y un par de tenis. Mientras se cambiaba de ropa Mery volvió, después de mucho tiempo, a sentir la presencia de su imagen frente al espejo del baño y se pudo ver reflejada cuando se despojaba de su pijama y dejaba al desnudo sus carnes blancas. Cuarenta y ocho años cumpliría el próximo veintiocho de septiembre y ella no entendía cómo había pasado tanto tiempo. Mery aún era una mujer muy bella. No había vuelto a tener una relación sería desde que se separó de Alfonso. Bueno sin contar el affaire con el ejecutivo joven de la compañía donde trabajaba. Había decidido dedicarse a su hija y a su trabajo. Su vida privada no era su prioridad. Luego de un rato de revolcar en el closet encontró su bolso y revisó que estuvieran las tarjetas de crédito y los papeles y salió despavorida en su Cherokee 4x4 para la clínica. Manejó por la calle ciento cuarenta hasta la carrera séptima y continuó al sur hasta la calle cuarenta y nueve por donde bajó en contravía y faltó poco para que tumbara la señal de pare de la entrada al parqueadero de la clínica Marly. Esperó desesperada la contraseña que la autorizaba a seguir y parqueó cerca de la entrada principal. Mery no pensaba normalmente, sentía como una burbuja de cristal en su cabeza, se sentía como un astronauta, recordó un documental en el discovery channel sobre los viajes a Marte, sentía que todo le empezaba a dar vueltas, entró y buscó al joven flaco con quien había salido su hija y con quien había hablado por teléfono hacía tan sólo unos minutos, pero no lo encontró por ninguna parte. Después de un rato de preguntas sin respuestas, una enfermera pudo darle información acerca de un par de jóvenes que habían llegado hacía un rato, pero de las que no se sabía nada, sólo que las habían traído y las habían dejado en la clínica sin decir nada más. Mery sintió un escalofrío. Mientras caminaban a la sala de cuidados intensivos, Mery tubo un flash back del día en que nació Ángela y los ojos se le llenaron de lágrimas y el vértigo de la vida se le acomodó en la boca del estómago. El frío pasillo blanco azuloso se extendía interminablemente frente a ella, poco a poco se acercaban a la sala de cuidados intensivos en donde estaban las jóvenes. Las piernas le flaqueaban, el corazón latía en su pecho como si fuera a salir a correr, la vida se le estaba hiendo por un enorme hueco lleno de mierda, como en un retrete.
Mery sintió que todo se le rompía en mil pedazos y produjo un grito sordo y seco que la paralizó por unos segundos en la puerta de entrada a la sala de cuidados intensivos.
A la primera que pudo ver fue a Ángela, su hija, un tubo entraba por su boca y bajaba por su garganta, estaba tan pálida como las sábanas y las baldosas del lugar, y en la cama de al lado su amiga Viana, compañera y amiga desde primero primaria. Las dos jóvenes lucían muy mal pero Ángela era la peor de las dos. El daño en su cerebro era casi irreversible, si se salvaba lo más probable era que quedara con algún tipo de secuela notoria. La sustancia que más navegaba en el torrente sanguíneo de las jóvenes era algo conocido como GHB. Una substancia ilegal que es muy utilizada en los Estados Unidos para violar a mujeres sin violencia, pues se supone que adormece y desinhibe la conducta de las victimas. Lo que no se explicaban, ni los médicos, ni las autoridades, ni Mery, era cómo había resultado en la sangre de un par de jóvenes en la ciudad de Bogotá.
Los cinco muchachos entraron al apartamento de Memo Rodríguez, el dealer del éxtasis y las pepas, un poco después de las once y media de la noche. Once y cuarenta y siete marcaba el reloj de Jorge. Memo era un cartagenero de veinticinco años, al que le encantaba que sus clientes y supuestos amigos lo adularan mucho y lo admiraran. Memo había ofrecido su lugar para que hicieran la rumbita de la que tanto hablaban sus clientes, y consumieran allí las substancias que le habían comprado. Con lo que no contaba Memo es que ese mismo día apareciera Cristina, su mujer, y le dañara los planes que tenía en su retorcida cabeza con las amiguitas de sus clientes.
Memo les mostró a los tres muchachos donde estaba la droga, y les enseñó una botella con un líquido al que llamó GHB. Lo guardaba en la nevera junto a la Pepsi-Cola. Les dijo que esa bebida podía convertir la piñatica en una verdadera orgía y que podía ayudar a que las niñas sacaran la puta que llevaban dentro.
-Eso si no mucho porque se les puede ir la mano pela’os y la cosa se jode, pero rendido con algún cóctel es la maravilla, - les dijo Memo. Luego dejó a la visita en la sala y él se encerró en la habitación con su mujer.
Ángela y Viana no tenían ni idea de los planes de sus compañeros de rumba y estaban cada vez más sorprendidas con las atenciones de los muchachos.
El lugar estaba muy bien equipado con muchos juguetes para niños grandes: un televisor gigantesco, dvd, home theater, karaoke, y un play station 2. El sonido era algo bestial, se sentía por todas partes. Y la rumba cada vez se ponía mejor.
Todos cantaron un rato con el karaoke y después hicieron apuestas de prendas con juegos del play station.
A decir verdad Mateo era el menos compenetrado en la fiesta, el desparchado del grupo, Ángela y Jorge Andrés bailaban que parecían uno y Sebastián y Viana se tiraban flirteos a cada rato. Mateo buscaba la música, se ponía los audífonos y se concentraba en lo que hacía, como queriendo decir que no le importaba que él estuviera solo. Se había propuesto no dejar caer la música y jugaba con el computador personal de Memo, lo había conectado al televisor y podía seleccionar las secuencias de imágenes que aparecían en la pantalla, trataba de que las imágenes tuvieran algo que ver con la música y jugaba a contar historias con lo que sonaba y con las imágenes que proyectaba en la pantalla. Actuaba como un VJ, haciendo como si le importara muy poco que sus amigos estuvieran emparejados y él no. Hacía como si todo fuera muy normal. Trataba de no detenerse a mirar como los labios de Ángela y Jorge se comían el uno al otro. O cómo las miradas y las sonrisas de Viana y Sebastián eran cada vez más evidentes a cada comentario por ridículo que fuera del uno o del otro. En fin es probable que la falta de pareja haya motivado a Mateo a recordar la botella que estaba en la nevera junto a la Pepsi-cola. O que el cruce de substancias en la cabeza de Mateo, generara un corto circuito en su disco duro, y lo motivaran a preparar el cóctel “explosivo” que provocó lo que provocó. Lo cierto es que Mateo apareció con unos tragos especialmente arreglados con GHB para las niñas y con otros para sus compañeros. En un principio ni Jorge, ni Sebastián sospecharon nada de lo que estaba empezando a suceder, y brindaron como si nada, pero luego de un rato cayeron en cuenta de lo que estaba haciendo Mateo pero ya era demasiado tarde Ángela y Viana ya habían terminado los tragos y Mateo iba a la cocina por más.
Ángela fue la primera que se empezó a sentir mal. Su palidez asustaba. Viana al poco tiempo también empezó a hacer unos ruiditos extraños como intentando vomitar y de un momento a otro, como la explosión de un volcán, Ángela y Viana comenzaron a vomitar compulsivamente. El tamaño del vomito que las dos niñas proyectaban era increíble, como unas garbage. Sus entrañas se regaban por todo el apartamento de Memo. Mancharon todo a su alrededor, cayeron al suelo y seguían vomitando como unas máquinas de vomitar.
Los tres muchachos quedaron perplejos ante el macabro espectáculo. Jorge Andrés fue el primero que reaccionó e intentó llevar a Ángela al baño pero le fue imposible. Ángela convulsionaba y vomitaba tirada en el suelo. Viana llegó gateando al sanitario y allí se desplomó.
Cuando salió Memo del cuarto y se encontró con su apartamento literalmente vuelto mierda, casi acaba a golpes a los tres muchachos. Levantó de la correa del pantalón a Ángela la tiró adentro y la encerró en el baño junto a Viana.
-De aquí no sale nadie hasta que el apartamento no quede en las condiciones en que estaba cuando llegaron, me entendieron pequeños. - Memo sacó un arma de uno de los cajones de la cocina y amenazó a los desconcertados amigos.
-Viejo Memo pero esas nenas necesitan atención urgente, tenemos que llevarlas a un centro de salud o llamar a un médico. A Jorge Andrés no le importó que Memo tuviera un arma y estuviera tan descontrolado como estaba.
Memo volteó hacia Jorge Andrés lo amenazó con el arma en la cara y le dijo-Tenemos es que ustedes ponerse a arreglar el hijueputa apartamento antes de que se vayan de aquí, porque de acá no van a llamar a ningún malparido doctor, ¿me entendieron cabroncitos?
-Listo hermano, - Mateo trató de hacer de conciliador y se dirigió de inmediato a la cocina a buscar elementos con qué ponerse a limpiar. - ya nos ponemos a limpiar el mierdero pero tranquilo, ¿si?, fresco que ya le dejamos el lugar como si nada, no vaya a cometer una cagada peor viejo Memo, fresco.
Jorge Andrés sabía que estaban perdiendo momentos valiosísimos, el tiempo de Ángela y Viana estaba en sus manos. Y lo único que podían hacer era tratar de limpiar muy bien todo el lugar lo antes posible.
El aparato que muestra los latidos del corazón sonaba incesantemente en la sala de cuidados intensivos, su sonido hipnótico mantenía a flote, como envuelta en una densa y frágil capa de helio, las esperanzas de Mery y le indicaba que su hija continuaba viva, todo en ese lugar era como un inmenso mar verde criptonita en calma. La mañana se iba volviendo tarde como todos los días y como todas las tardes, y el frío de la ciudad se acomodaba entre los huesos.
De un momento a otro y como si alguien hubiera cambiado el canal sin permiso, el silencio, la calma y el ritmo del lugar, se rompieron en un chillido apocalíptico que salió de la máquina que mantenía agarrada la vida de Ángela de un diminuto y delgado hilo de nada. Mery observó todo como si estuviera ocurriendo en el televisor de su alcoba. Al mejor estilo de Sala de Emergencias, pero con sus entrañas desangradas de angustia real y sin cortes comerciales. Todo ocurría como en cámara lenta. Los doctores y las enfermeras corrían para un lado y para el otro. Las imágenes y el sonido le llegaban desincronizados. Sencillamente no lo podía creer. Todo esto no podía estar ocurriéndole. Tenía que ser una pesadilla. Dios no podía dejar que le ocurriera algo así a ella, era injusto.
En la camilla Ángela semidesnuda saltaba con cada impulso del aparato que le mandaba corriente eléctrica a su inmóvil corazón. No respondía. La vida poco a poco se le iba sin que nadie pudiera hacer nada. Ángela se moría.
Mery no se enteró cómo ni quien la sacó de esa sala. Lo que si sabe muy bien es que a partir de ese momento su vida se partió irremediablemente y nunca más pudo volver a pegarla coherentemente. Nunca más volvió a ser la misma.
Los doctores dijeron que la causa de la muerte de Ángela había sido lo tarde que fueron llevadas las jóvenes a la clínica para realizarles los primeros auxilios, además en la sangre de las jóvenes también se encontraron restos de éxtasis, canabis, alcohol, y mucho GHB, esta substancia además de inmovilizar a las victimas y producirles amnesia, en exceso produce lo que se conoce como vómito explosivo.
Viana salió del coma al poco tiempo, pero aún no se recupera completamente de las heridas emocionales que le dejaron. Le tatuaron la calma de miedo para siempre. Mery no pudo con el golpe y se refugio en el alcohol. Luego de las declaraciones de Viana capturaron a Memo y les rebajaron la sentencia a Jorge, Mateo y Sebastián.

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