Monday, March 06, 2006

God put a smile upon your face

Estoy cansada de hacer el mismo recorrido por la ciudad una y otra vez, de ir y venir en éstos malditos buses urbanos de mierda sin esperanza, de la casa al trabajo y del trabajo a la casa, de la casa al trabajo y así una y otra vez; Mamada de recorrer la ciudad de a pedazos, los pedazos de calles que hacen mi recorrido de todos los días, de hacer lo mismo siempre desde hace unos años para acá, de cambiar libertad por trabajo, por plata, por pesos, de romperme el culo para tratar de salir de este mierdero en el que me tocó nacer y nada, la trampa esta diseñada para que uno nunca salga; estoy aburrida de hacer lo mismo siempre, todas las tardes: de putear, de ser amable con los clientes cuando me quiero vomitar en sus arrecheras; de mamar vergas flácidas y fingir placer y de tener que tener siempre cara de torta de cumpleaños, de happy birthday en celo, de sexo seguro, cuando realmente lo que quiero es matarlos a todos, aniquilarlos, destruirlos, como Nikita; estoy aburrida del cerdo Mr Liu, de las sonrisitas malintencionadas de la flacuchenta de la Nancy y su parche de amigas basuqueras, de la hipocresía de mis supuestas “amigas”, de la soledad tan asquerosamente honda en la que me encuentro; de los piropos subidos de tono del portero y de las ganas que me tienen los meseros del chochal éste, de toda esta maldita mierda me estoy cansando realmente, no sé qué voy a hacer, algo tengo que hacer, algo se me tiene que ocurrir, alguna mierda se me tiene que dar…
Me gustaría ponerle una bomba a la casa del señol Liu, acabar con su pequeño paraíso, hacerlo volar en miles de pequeños pedacitos, así como me gustaría a mi volar en este instante. En miles de diminutos trocitos de mierda.
Que mala suerte la mía, de todas las posibilidades que se dan en la vida a mi me tocó ésta, de todos los lugares en los que se puede nacer a mi me tocó éste, en este barrio, en esta casa y con esta familia, si es que a éso se le puede llamar familia.
Un día estaba en el rancho cuidando de mis hermanos y al día siguiente estaba forrada en ese trajecito: “buscándome la vida”. Siguiéndole los pasos a mis “amorosas” amigas. Perreando como dice mi mamá. Puteando como me gritó el Manuel cuando se enteró de todo y casi me pega. Ganando plata rápido era lo que yo creía.
Un día de estos me voy a mamar de verdad de todos y de todo y van a saber lo que es una puta enputada, lo juro. Que se tengan de atrás porque mi furia no va a tener compasión con nadie. Ni conmigo misma. Lo juro. Bibiana se levantó del asiento en el que venía meditabunda y de afán timbró tres veces seguidas, como siempre lo hacía, con ganas de irritar al conductor y se bajó en la carrera décima con diez y nueve. De ahí a la casa del coreano no eran sino un par de cuadras.

Sergio y Bibiana se conocieron hace casi un año, y Sergio podría echarle la culpa de todo lo que le terminó ocurriendo a su exnovia, sería demasiado cómodo para él, pero en el fondo tendría razón. Aquel día Sergio y Mónica celebraban el segundo aniversario, y por culpa de una terrible pelea, Sergio terminó en el centro de la ciudad borracho y un poco enbalado, intentando borrarla de sus pensamientos, intentando ahogarla entre botellas de alcohol y porque no, pensaba, entre las piernas de alguna mademoiselle, quería herirla en lo más profundo, donde más le doliera.
Sergio salió del apartamento de Mónica completamente descontrolado, estaba decidido a mandar todo a la mierda y que todo se acabara, no había posibilidad de que las cosas siguieran como estaban, se encontraba cansado de la situación, más de dos años de relaciones tormentosas lo estaban aniquilando, lo habían convertido en un ser osco y malhumorado y no podía continuar así, sentía que la situación estaba tocando fondo y todo indicaba que se dirigían irremediablemente al fracaso. Callejón sin salida.
En la licorera Pepe nocierrra Sergio compró una botella de ron y en el parqueadero de los mariachis un par de papeletas de perico, dejó el carro en el parqueadero de Mónica y se fue en un transmilenio para el centro.
Sergio se perdió entre sus pensamientos mientras el transmilenio arrancaba: en el fondo somos tan diferentes, a Mónica le encanta salir de compras a centros comerciales, y a fiestas, y a bares, y de vida social, pero a mi no mucho, si lo termino haciendo es por que a ella le gusta, pero a mi me gustaría que un día nos fuéramos, no sé, a la montaña, a un nevado, o al mar, a hacer algún deporte de aventura, en fin… a ella todo eso le parece de lo más jarto, adolescente y peligroso, yo creo que irremediablemente hasta acá llegó nuestra historia como pareja, eso es lo que siento, me da tristeza por que no sólo va a ser duro para nosotros sino para nuestras familias que están convencidas de que nos íbamos a casar pronto.
Sergio se bajó en la estación de la calle veintidós, y caminó hacia la carrera trece, caminaba como un ente, como un perdido, estaba en otro lugar, casi no advertía el peligro de las calles, su mirada estaba perdida, sus sentidos agudizados por el alcohol y la cocaína lo hacían sentir como un guerrero medieval de juerga por el down town, entró a la whiskeria del coreano Mr Liu empujado por un portero-mesero que lo había “pescado” en la calle ofreciéndole espectáculo, coca y las mejores chicas de la ciudad, el lugar estaba casi en penumbra, Bibiana estaba en un rincón del bar, sentada en la última de las sillas de la barra, tomaba un trago de brandy y analizaba con detenimiento a cada uno de los posibles clientes que entraban al lugar, Sergio pudo sentir el peso de la mirada de Bibiana desde que entró y cómo lo persiguió hasta que se sentó en el pedazo de sofá junto al escenario.
Un mesero se le acercó y le preguntó por lo que quería beber, Sergio pidió una cerveza, y de repente una luz muy blanca iluminó el escenario y el ensordecedor retumbar de los amplificadores anunció la salida de la siguiente “artista”.
La música sonó a lo que daba el equipo de sonido del lugar, el Pum, Pum, Pum se sentía en el pecho y en todo el cuerpo. Era como si se le metiera a uno en las entrañas. Muy viseral pensó Sergio.
Bibiana apareció envuelta en una nube blanca sobre el escenario, se movía muy despacio, estaba vestida con un pequeño uniforme de colegiala que dejaba entrever la delicada suavidad de su redondo trasero, la faldita de pliegues escocesa que volaba y revolaba como en cámara lenta, la camisa blanca desabotonada y sus muslos acanelados y las medias blancas.
Luego el ritmo enloquecedor de sus contorsiones hipnotizó las miradas perplejas de los asistentes y de Sergio; Bibiana se movía y miraba, se acaricia lentamente y miraba, dejaba escurrir la lengua por sus labios húmedos, introducía la mano debajo de la faldita de colegio y miraba el brillo de las pupilas que volaban como luciérnagas en medio de la obscuridad, como vampiros sobre su canela piel.

Bibiana cumplió diez y siete años hace ocho días. En el bar del coreano decía que tenía diecinueve. Miente sobre su edad desde que se metió en el negocio. Todos lo saben pero nadie dice nada. Para nadie es un secreto la fascinación que despiertan las niñas en algunos viejos verdes y en otros no tan viejos, ni tan verdes también.
Bibiana trabajaba en la whiskería de Mr Liu hacía once meses y medio, diez días más y hubiese cumplido un año de estar trabajando donde el coreano. De estar todas las tardes, con excepción de los domingos, en el negocio de chicas de la veintiuna con trece.
Bibiana terminó su presentación justo con la música y las luces se apagaron, todo quedó nuevamente en penumbra, Bibiana bajó del escenario y se acercó a la mesa donde se encontraba Sergio, sin decirle nada le cerró la boca y le dio un beso que lo dejó untado de colorete rojo hasta por fuera de los labios, luego le susurro al oído: -No te vayas a ir que ya vuelvo. Sergio sintió que un corrientazo le recorría todo el cuerpo, sentía que todo le daba vueltas a mucha velocidad y eso le producía un vértigo delicioso que no lo dejaba mover del lugar en el que estaba, sentía que ni un terremoto lo haría mover de allí.
Bibiana apareció al rato con un par de tragos y se sentó junto a él.
-Usted es la primera vez que viene por acá ¿cierto? Yo no lo había visto nunca y yo tengo buena retentiva con las caras, le dijo Bibiana, mientras dejaba los tragos sobre la mesa y se acomodaba junto a él.
Sergio casi no puede contestarle de la emoción y del miedo. Luego de un momentico de contemplarla en silencio le dijo:
-Si, no, bueno, hace unos meses vine una vez con unos amigos, pero nunca solo y menos a esta hora.
-Y estás como nervioso ¿cierto papi? Tranquilízate que mientras estés conmigo nada te va a pasar. Mientras decía esto Bibiana se fue acercando muy lentamente a Sergio y comenzó a acariciarle los muslos de forma ascendente hasta que atrapó entre sus manos la entre pierna cada vez más abultada de Sergio, luego le volvió a decir:
-y qué ¿vamos a entrar?
Sergio no supo que decir, todo fue tan rápido que cuando quiso razonar nuevamente se encontró con su reflejo en los espejos de una pequeña habitación, le entregaba un par de billetes a Bibiana, y ella le daba otro gran beso apasionado a cambio. Muchos espejos por todas partes repetían una y otra vez la miseria de la escena.
De ahí en adelante no recuerda cuantas veces volvió a buscar a Bibiana, hasta sin dinero en los bolsillos, Sergio llegaba a buscar a su lado malo, como le solía decir a Bibiana mientras se quitaban la ropa y se metían en la cama.

Una tarde, recién llegada al negocio del coreano, Bibiana entró sin avisar a la oficina de Mr. Liu y lo encontró guardando unos fajos de billetes en la caja fuerte. La idea de robar al coreano cada vez se le hacía más probable, más posible. A Bibiana lo que la terminó de convencer fue la película de La Femme Nikita, la había visto un domingo por la noche en la televisión y el lunes siguiente ya tenía armado el plan. Para nadie era un secreto que además del negocio de putas que tenía Mr Liu, el coreano tenía negocios con el narcotráfico y allí se hacían negocios muy sospechosos, con personajes bastante buscados, hasta la policía estaba untada en el negocio del cerdito. Mejor dicho muchas personas querrían hacerle daño al cerdo, pensaba Bibiana, si lograba hacer todo bien no tenían porque sospechar de ella.
Bibiana sabía muy bien que el coreano se moría por volverla a llevar a su oficina. Lo sentía cada vez que entraba con alguno de sus clientes, la mirada del cerdo la perseguía hasta que se perdía en la puerta que lleva a las habitaciones internas, cuando bailaba en el escenario el cerdito dejaba de hacer lo que estuviera haciendo y se quedaba como idiotizado en alguna de las sillas de la barra, sus ojos se redondeaban, perdía su típica expresión de cerdo oriental y la baba se le caía. Bibiana podía verlo cuando alguna de las luces dejaba de alumbrarla a ella e iluminaban al público.

A Bibiana el coreano Mr. Liu siempre le pareció un completo cerdo, no sólo por su apariencia física: bajo, medio calvete y de nariz achatada, sino por la forma como se comportaba, es un completo cerdo humano, pensaba cuando por alguna razón se lo cruzaba y sentía como la devoraba con la mirada. A ella le parecía asqueroso que el cerdo probara primero toda la mercancía que se ofrece en su establecimiento. Aprueba o desaprueba la calidad del arte que comercializa. Es un experto en su campo. A decir verdad y muy en secreto, todas, después del examen, quieren que el cerdito vuelva a repetirles el test de admisión. Eso creía Mr. Liu.
Mr Liu palpa, acaricia, huele, saborea, penetra, estimula, manipula, succiona, es un catador, un crítico, un erudito derramándose en prosa sobre su arte. No en vano lleva más de la mitad de su vida metido en el negocio, aprendiendo en la calle y especializándose en los burdeles de buena y mala muerte de la ciudad. El día que conoció a Bibiana, el coreano Mr Liu sintió un escalofrió extraño que le recorrió de la cabeza a los pies, pero no le hizo caso, tarde comprendería ese extraño vértigo que le producía Bibiana.
Que sea tan selia y lepelente es lo que más me gusta de la tal Bibiana, pensó Mr. Liu, mientras la recorría con la mirada muy detenidamente. money, dinelo es lo que tiene que producil esta pelita y en unos días vuelvo y le hago su examen de mantenimiento.

Bibiana y Sergio se habían convertido en unos buenos amigos. En una suerte de amigovios. Sergio hacía de sus escapadas al centro, cada vez más frecuentes, una aventura sin límites, y conocer a Bibiana se le había convertido en todo un descubrimiento. En un motivo para resistir el tedio que le producía la parcimonia de su vida. El tedio de sus días. Para Bibiana también era un descanso encontrar a alguien con quien poder hablar y alejarse un poco de lo que era la vida en la whiskería del coreano y su vida en general, además no tenía porque negarlo pero se empezaba a encariñar de verdad con Sergio.
-Bibiana dime algo.
-Qué.
-¿No has pensado en cambiar de vida?
-Ay Sergio, mi amorcito, no me vaya a empezar a dar sermones que eso si me saca la piedra.
-No tranquilízate, no es para sermoniarte ni mucho menos, mi intención no es esa, lo que pasa es que me gustaría ayudarte a salir de todo esto, si de verdad es lo que quieres.
-Claro que me gustaría salir de aquí, ¿tu crees que a mi me gusta mucho esto que hago?, pero no veo cómo me puedes ayudar.
-Bueno si, tienes razón, por el momento no sé, pero algo se me tiene que ocurrir, lo importante es saber que realmente estas dispuesta a volar de acá.
Sergio abrazó a Bibiana y la tibia piel de los amantes se volvió a unir en una sola quimera. Los pensamientos de Bibiana la atormentaban y estuvo a punto de decirle todo lo que planeaba, pero no podía involucrar a Sergio, no le podía hacer eso a la única persona con quien contaba en el mundo, pensaba mientras lo abrazaba fuerte y cerraba sus ojos con la misma fuerza con que lo apretaba contra ella.

La mañana que Bibiana decidió hacerlo se levanto muy temprano, se arregló y se perfumó dedicadamente, como si se estuviera arreglando para una cita, una cita con el destino pensaba Bibiana, concentrada en lo que hacía, mientras repasaba, una vez más, el lápiz labial por sus carnosos labios carmín.
No puedo decirle nada a Sergio, me gustaría poder contar con él pero estoy segura que me pueden estar agarrando si me pongo a confiar en él, mejor después de que pase todo lo llamo y le cuento, quizás este dispuesto a escaparse conmigo. Bueno por ahora hay cosas mucho más importantes en que pensar.
Cuando Bibiana llegó a la oficina, Mr Liu se encontraba acurrucado detrás de la puerta de entrada, cerrando la caja fuerte que esta camuflada en ese lugar, y que del afán por la llegada de Bibiana no cerró correctamente. Cuando ella entró y Mr Liu miró el tamaño de la minifalda que tenía puesta Bibiana, corrigió su punto de visión y dejó que subiera los tres escalones de nivel que tiene la oficina y se agachó aún más para hacer de su búsqueda una foto para la eternidad. Luego él acomodó su traje, carraspeó y apareció por la parte de atrás, haciéndose el serio, muy coqueto con ella; pan comido, se dijo Bibiana.
Mr Liu destapó una botella de whisky y le ofreció a Bibiana un trago, luego otro y al rato otro más, después de unas copas se encontraban retorcidos en medio de carcajadas celebrando y brindando. Bibiana aprovechó un descuido de Mr Liu y con mucho disimulo, mientras se encerró en el baño, ella agregó a la copa con whisky de Mr Liu, el contenido de la botellita que muy celosamente guardaba en su mochila, un sedante para caballos, ella buscó en todas las veterinarias de la avenida caracas con calle cincuenta y pico algo para dormir cerdos, pero no encontró, entonces se decidió por uno para dormir caballos, de todas maneras era para dormir un animal.
Mr Liu salió del baño rascándose la nariz, se le notaba acelerado, brindaron nuevamente y Bibiana dejó que el cerdo le cogiera sus tetas y que le empezara a refregar el sexo por sus piernas y su trasero. El cerdito hacía honor a su apodo, movía las cadera y la pelvis como un cerdo copulando, realmente empezaba a calentarse, Bibiana resistía, esperaba que las gotas hicieran efecto rápido, hacia gala de los años que llevaba en el negocio, pensaba en su mamá, en sus hermanitos, en el rancho medio desbaratado, en el recorrido en los buses de todos los días, en la vida que le había tocado por suerte, pero que ahora estaba a punto de cambiar, y de un momento a otro el oriental cayó como un saco de harina al suelo, completamente narcotizado por el somnífero. Bibiana lo arrastró hasta detrás del escritorio le esculcó los bolsillos y le sacó el dinero que tenía, le quitó el arma que guardaba en un estuche que colgaba de su pecho, el reloj de oro, unas cadenas de oro, los anillos, unas gafas de sol, que después de comprobar que le quedaban bien guardó en su mochila junto al resto del botín.

Bibiana no había pensado en cómo salir de la oficina y burlar el anillo de seguridad. Al cerdito le quedaban por lo menos unas doce horas de feliz sueño, pero bajar a la pista de baile y luego salir a la calle, todo eso lleno de la gente del coreano le pareció un suicidio.
Bibiana respiró profundo y trató, inútilmente, de tranquilizarse, pensó que aún tenía tiempo antes de que abajo comenzaran a sospechar algo, Bibiana estaba muy nerviosa, se acercó a revisar que el coreano estuviera totalmente dormido, y sacó de uno de los cajones un rollo de cinta de cerrar cajas y amarró a Mr Liu, lo arrastró y como pudo lo escondió detrás de la barra de licores que había al fondo de la oficina y ¡¡sorpresa!! justo al lado de la puerta de entrada estaba la caja fuerte, no podía creer lo que veía: la puerta de la caja fuerte estaba medio cerrada y no fue sino halar de la perilla y la caja se abrió completamente, sin pensarlo mucho terminó de desocupar la caja fuerte adentro del bolsito vacío con el que había llegado.
En el interior de Bibiana no había espacio para la culpa o el remordimiento, ella se encontraba dichosa, repleta, segura de que todos sus problemas estaban por terminar, convencida de que estaba dando las primeras pinceladas de su nuevo futuro; una extraña seguridad la invadió completamente, recordó la película que había visto en televisión el domingo anterior en la que una mujer tenía que hacer unos trabajitos por encargo de una organización: Nikita, se dijo lentamente para si, y llenó sus pulmones de bocanadas de aire que le produjeron una sensación de bienestar en todo su cuerpo, luego abrió una de las bolsas que estaban en el interior de la caja fuerte y con los dedos pellizcó un poco del polvo blanco y lo aspiró por la nariz, se terminó el trago de whisky y colocó un cd de salsa que el coreano tenía en el aparato musical. Héctor Lavoe acompañó su secuencia.
Bibiana no sabía exactamente cuánto dinero se estaba robando, pero entre billetes colombianos y billetes verdes se hacían unos buenos milloncitos. Bibiana cerró el bolso y se lo colgó, terminó de arreglarse y revisó minuciosamente el lugar y sin pensarlo dos veces bajó a la primera de las pistas de baile, cuando había llegado al pasillo que comunica con la salida se encontró de frente con el jefe de guarda espadas del coreano, Rogelio, un hombre corpulento y de mirada sospechosa, llevaba el intercomunicador en sus mano derecha y en el momento que miró a Bibiana se comunicó con alguien y le dijo la encontré.

Bibiana sintió que se desvanecía, una jauría de buses vomitaron relámpagos en su estómago y sus piernas no respondieron, quiso salir a correr, pero Rogelio se lo impidió, le dijo con su característico acento paisa:
-¿Y vos adónde andabas metida?, mirá que arriba hay un cliente que te esta buscando como loco, ¿vos no has visto al jefe por ahí ? Apurate muchachita que es pa’ hoy, o es que ¿qué? ¿no pensás trabajar hoy? ¿Qué te pasa Bibiana, por qué estás tan pálida, volviste a meter de esa porquería de bazuco o qué? Acordate que vos no te podés ir hasta después de las ocho, ya sabés como es la movida acá ¿no? Quiubo pues mamita o ¿qué quiere la damita que me la lleve alzada…?

Bibiana comenzó a caminar de vuelta hacía la pista de baile, movida por un impulso que podría catalogarse de instinto de conservación, de pataleo de ahogado. Las palabras de Rogelio entraban en su cabeza y se distorsionaban en ondas de ruido y entropía que le produjeron una extraña borrachera.
Bibiana caminaba por el pasillo y trataba de ordenar la secuencia de palabras y oraciones que se hacían desde sus imágenes internas, caminaba lentamente y sujetaba con ambas manos el bolso con el botín, no quería regresar pero Rogelio no se movía y no le quitaba la mirada de encima, de repente Bibiana se volteó y sacando fuerzas de dónde no tenía le dijo a Rogelio:
-Voy a salir a tomar un poco de aire, no me estoy sintiendo nada bien y quiero salir a la calle a tomar un respirito.
Rogelio llamó por el intercomunicador y se comunicó con Cristóbal, el encargado de la seguridad en ese sector y le informó que Bibiana iba para allá.
Cuando Bibiana llegó a la puerta le dijo a Cristóbal que iba a salir un momento pero que ya regresaba, que tenía un cliente esperándola y por eso no podía demorarse nada, que ya venía … y así entre excusita y excusita Bibiana salió del lugar, dobló la esquina y cuando quiso hacerle la parada a un taxi, un peugeut aceituna modelo 80 se le adelantó y parqueó frente a ella y le abrió la puerta del copiloto, ella no lo pensó dos veces y se subió sin mirar quien conducía.
Bibiana estaba bastante alterada y muy nerviosa, no se había dado cuenta que la persona que iba al volante era Sergio. Luego de la sorpresa al reconocerlo y casi sin aire en los pulmones le gritó.
-Tenemos que salir volados de acá, por favor arranca a toda velocidad que ya deben estar dándose cuenta que yo me robe la plata.
-¿De qué diablos estás hablando?
-No hay tiempo de explicaciones arranca y te voy contando.

Los ojos de Bibiana brillaban más que nunca y Sergio creyó ver en ese brillo la señal que hacía mucho tiempo estaba esperando. Sergio sintió que algo a dentro suyo se rompía, que todo lo que había hecho hasta ese momento se diluía, se fraccionaba, que se abría un grieta bajos sus pies y que toda su vida se iba por ella. Que todo se le derrumbaba, y que de manera extraña al mismo tiempo todo nacía de nuevo, que todo se rehacía desde aquel brillo en los ojos de Bibiana. En ese momento el DJ de la emisora anuncio la canción God Put A Smile Upon Your Face del Grupo Coldplay, Sergio le subió el volumen al aparato de música, hundió hasta el fondo el embrague, colocó primera en la caja de cambios, soltó rápidamente el embrague y hundió el pedal del acelerador a lo que daba, las llantas del Peugeot chirriaron y por primera vez en su vida se sintió protagonista de su propia película. Volteo a mirar a Bibiana y por alguna extraña razón recordó a Bonny and Clyde, recordó a Micky y Mallory Knox, a Jim at Jules, y a Nikita que se materializaba en el asiento del copiloto ante sus incrédulos ojos, mientras el naranja incandescente del atardecer se los tragaba en bocanadas de humo, vértigo y noche.

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