Thursday, March 16, 2006

Nohora la mujer de Andrés

De rastros...

1
La noche poco a poco abrazaba al día agonizante, su manto cubría de grises las pocas hebras de luz que coloreaban una que otra nube solitaria. La calle se llenaba de gente, rostros, afanes, miles de percepciones caminaban con indiferencia entre la espesa masa que atiborraba la concurrida acera.
Era la hora en que las oficinas se quedan solas y la calle toma ritmo de carnaval, la hora en que las arterias y las venas citadinas se llenan de partículas, de flujos, de seres que segregan pócimas y veneno.
Los ventanales de uno que otro gran edificio reflejaban el naranja vociferador del crepúsculo. Caía en el firmamento de montañas el sol, una cama de nubes le sostenía en su caída, amortiguaba el sonido espeso de los últimos rayos solares.
Nohora apareció una tarde como esa llena de colores, de asomos de caribe en el valle de los Muiscas. Nohorita vendía artesanías y le hacía trampa a la vida. Carrera cuarta, avenida diecinueve, esquina.
2
Nohora del Carmen Chávez Silva iba y venía por la avenida, se paraba en las esquinas, miraba de soslayo, se camuflaba, era una sombra en la mitad del día. Había tomado sangre de gato y cargaba la cola del animal disecado en su pecho, como un amuleto, estaba totalmente protegida, eso creía, había sido rezada cuando chiquita.
Nohora la mujer de Andrés, así se presentaba a la gente en la calle, era vieja guardia en el parche de la vida y sólo cargaba con diez y siete añitos encima, era menuda, pequeñita, decía que el bazuco estaba acabando con sus encantos y al mismo tiempo que lo decía se cogía sus pechos menudos y su tierno trasero, pero hacía poco para remediarlo. Sus ojos eran del tamaño del gato que sacrificaron con Andrés y el cuesco del Alex, y cuando estaba muy trabada, pacheca, turca o torcida se parecía al gato Garfield.
Desde pequeñita había preferido rodar por las calles con su parche de amigos, rebuscársela en los diferentes negocios que ofrece la calle y guerrearla a ser una manteca, ella solía decir que no servía para andar sirviendo en casa de ricos, que prefería camellarla con la baretica y el incienso, que a un paco de mil del cartucho le sacaba hasta diez lucas acá en el centro y que ahora que ya no metía tanto bazuco estaba mejor, un poco más gordita.
3
Andrés el marido de Nohora estaba encanado hacía un par de días, lo iban a trasladar a la cárcel Modelo de Bogotá, a Nohora eso le preocupaba un resto, ella sabía que allá adentro seguro que a su Andrés se lo comían, por más alcanfor que le echaran a la comida, en cualquier descuidito lleve mi hermano: se lo comían. Como a cualquier César Garvinba.
Nohora trataba de visitarlo todos los días, le llevaba bocadillos y ropa limpia y se llevaba la ropa sucia y la agonía. No sabía porque seguía con él después de tanto tiempo, no sabía si era amor, costumbre, apego, o era ya como parte de la vida, algo así como el apego que le tenía al sukito, a la pavorosa irrealidad de unas bichas, a la pipa, a esos plones que se le anidaban en el fondo de la cabeza y le hacían perder la noción del tiempo y el entorno, a la pipa con ceniza: carros. Días y días corriendo a la velocidad de semejantes aparatos, fumando chirretes de bazuco en cualquier rincón del cartucho, entre la basura, el miedo y las bichas.

4
La calle ahora se ha vuelto más peligrosa, una mañana, Nohora regresaba a regañadientas en sí, después de una noche de chirretes, regateo y excesos. Afuera todos corrían de un lado para otro, ñeras y ñeros corrían como locos, arrastraban sus mugres y sus cobijas, gritaban, aullaban, caían, la adrenalina se respiraba también en el ambiente, unas motos y una camioneta de vidrios negros estaban "haciendo limpieza", disparaban a lo loco, y al loco, a lo que se moviera, a lo que corriera. Nohorita no entendía, no recordaba, sus manos aún sostenían la pipa medio destruida y sus ojos no regresaban del todo a esta realidad. En medio de tanto ruido podía escuchar, como un tambor gigante, el palpitar de su estrepitoso corazón, corría con todas sus fuerzas y le parecía que la moto o la maldita camioneta ya la alcanzaban. El olor a pólvora y a carne quemada empezó a inundar las calles del sector. Mientras Nohorita corría desesperada para salvar su vida pudo ver como caían sus conocidos: ignacito el niño más pepero de la ele, el siete muertos, cliente de cinco huecos, y Marta, su Martica, compañera de tantas aventuras rodó por el suelo con su pequeño bebé ensangrentado colgado de sus brazos.
La camioneta se paseaba como buscando ratas en sus madrigueras, el vapor de la muerte, la soledad y el silencio hicieron su inefable presencia.
Nohorita como pudo se trepo a la buhardilla semidestruida de una casa-olla-fumadero de bazuco-deshuesadero-motelucho, una de esas casas en las que se puede conseguir lo que uno se imagine y lo que no también.
Gracias a su cuerpo menudito y a su agilidad, Nohora resultó en el techo de la casa sobre la buhardilla, como un pajarito herido se acurrucó entre las tejas de barro y con la cara entre sus aterradas manos, dejó que el mal viaje y la pesadilla pasaran. Al cabo de un rato la voz del jefe de jefes en el cartucho retumbó y se hizo sentir: cinco lucas al que vaya y bote los cuerpos en el container, de inmediato un par de sombras que estaban tiradas en una acera y que habían sobrevivido a la piñatica, cubiertos de cobijas y mugre, en un abrir y cerrar de ojos se los cargaron al hombro y todo nuevamente como si nada. Nohora como pudo llegó a la carrera décima por la calle sexta, allí esperó un bus que la acercó a su casa, Andrés la estaría extrañando.
5
Nohora nunca pasaba mucho tiempo en un solo sitio, parecía una gata pequeña que salta y araña el aire y se retuerce, "evolucionaba" incienso, vendía pulseras y collares que ella misma hacía, anillos y latas que compraba en la pajarera, en la doce con décima, se rebuscaba con la baretica, ahora que Andrés esta encanado le tocaba trabajar para él también.
Ayer le llevó tres mil pesos y unas cartas, no lo pudo ver, se dio mañas para camuflarle adentro de un helado un moño de bareta. Con un tombo amigo Andrés le pudo hacer llegar a Nohora unas notas, y un poco de ropa sucia, y una razón bien importante: que a la próxima le llevara bocadillos también.
6
Andrés fue trasladado a la cárcel modelo de Bogotá, justo a los tres meses que lo cogieron, un frío intenso se le metió en la espalda cuando lo sentenciaron en el juzgado, como augurio de lo que le esperaba, en menos de lo que pudo darse cuenta estuvo encerrado entre cuatro paredes tratando de encontrar el tiempo que se le perdía entre las rejas y la mugre de la diminuta celda. El primer día que bajó al patio se la sentenciaron, como lo temía Nohora a su Andrés se lo terminaron comiendo, como a cualquier César Garvimba.
Las reglas en la cárcel son las mismas que en la calle; adentro se necesita billete, con dinero se puede pagar para que no lo bajen al patio y no se corra tanto peligro, se puede comprar la comida que hacen en el patio de los narcos, comida de primera, y evitar comer la comida que hacen en el penal que tiene más de un químico para inhibir el deseo sexual de los reclusos.
Nohora ya no puede visitar a su Andrés todos los días, como cuando estaba en la permanente, al principio iba cada ocho días, después empezó a ir cada quince y ahora hace más de un mes que no va por allá, dice que lo que pasa es que vuelve vuelta mierda de ese lugar, que es como ir al cementerio a visitar a un muerto que no esta muerto, y eso la acaba más que nada en la vida.
7
A Nohorita la cogieron en una redada acá en el centro hace un par de días y no se sabe nada de ella desde entonces. Unos ñeros dicen que a Nohorita la desaparecieron por atravesada y por no dejarse hacer lo que los tombos querían, que en últimas terminaron haciendo lo que ellos querían y después matándola y desapareciendo el cadáver. Ni idea si el amuleto que siempre llevaba en el pecho esta vez no le funcionó y como le profetizaron cuando le leyeron el cigarrillo el día que cumplió los quince años, los problemas más serios los tendría con la autoridad, y las posibles soluciones también. Todo estaba en cómo ella lo decidiera. Puro Libre Albedrío. En el parche dicen que Nohorita quedó como el gato de su amuleto: tieso.
Andrés pagó su condena y cuando salió buscó por todas partes y nunca más supo algo de su Nohorita. Fue como si se la hubiera tragado la tierra, o lo que es peor, como si se la hubieran tragado las celdas...

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