Sunday, March 12, 2006

Una mañana como esas o...

De rastros...
UNA MAÑANA COMO ESAS O SIMPLEMENTE BLANCO

Los sonidos del amanecer esa madrugada se fueron revelando en armónicos de carros y bocinas alucinadas, medio trasnochadas.
Una modorra arrulladora en mitad de la mañana se pegó a mis costillas y luchó a muerte con el vacío que se prolongaba bajo mi almohada. Algo como el sexo seguro y orgasmos hipodérmicos. Sin látex. Y un colorido y extraño desorden me inyectó veneno y sabiduría. Mediodesperté.
Esa mañana comenzó con un mal presentimiento en la boca del estómago. Una de esas sensaciones que en cualquier momento aparece durmiendo en la cama junto a uno.
La tibia calma del cuarto se expandía como un arco iris sobre el calorcito del cuerpo desnudo que dormía a mi lado. Había algo que susurraba en mi cabeza, algo que no entendía y un frío intenso se me fue acomodando en el cuerpo.
Poco a poco la vida se fue desordenando en frases y dolores de estómago. El día ya comenzaba a oler a medio día y la frágil calma de su aliento aún se desfiguraba tiernamente junto a mí. Todo tenía un cierto sabor a stand by varado en mi garganta.
Estrepitosamente una daga cayó del cielo raso y partió mi percepción en mil pedazos, en mil espejos de celulosa raída y andrajosa.
El olor de su cuerpo me recordó otro cuerpo y ese a otro y ese a otro, todo fue nuevo: el aire, los colores, hasta los buenos días y el sentido pésame, todo.

Remedios despertó sobresaltada, como regresando de una pesadilla. Miró disimuladamente hacia todas partes, desconcertada no reconoció nada, me miró y sonrió, su rostro me recordó desde la primera vez que la vi, a la protagonista de una serie de dibujos manga del cartoon network.
Se levantó de la cama y caminó hasta la ventana, seguí cada uno de los movimientos que hizo para asomarse a mirar a la calle. Su piel desnuda brillaba como una mañana de domingo sin resaca.
Se volteo, me miró suavemente y después de un par de segundos de tratar de poner orden a su cabeza, me preguntó con voz ronca, medio destemplada y de acento valluno:
-¿Y cómo es que te llamás?
Yo me quede callado por unos segundos y luego de descubrirme reflejado en sus inmensos ojos negros le respondí: Aníbal.

Remedios examinaba todo, repasaba los cd’s, los videos, me miraba. Yo no podía creer lo que ocurría. Era como un pequeño angelito de alguna caldera del infierno. Su piel se veía tersa. Sus senos redondos y grandes me miraban cuando se movía. Había terminado de pegar un bareto y lo estábamos empezando a fumar recostados en la cama.

- ¿Cómo resulte acá? - me preguntó Remedios mientras aguantaba un plon de hierba en sus pulmones.
Yo trate de ordenar las imágenes que aparecían en mi cabeza como una serpentina de acontecimientos y le di un par de plones más al porro.
-No te fíes mucho de lo que te voy a contar – le dije - mi percepción anoche estaba un poco estimula y bastante delirante. . . había una rumba o algo así en la casa de una mujer que conocí anoche mismo, no recuerdo como se llamaba, Cristina, creo, ¿no recuerdas?
-No, me dijo remedios aguantando el humo.
En fin... la rumba estaba especialmente desordenada, era una casa antigua de aquí de la Candelaria, grande, llena de cuartos gigantes y pasadizos ocultos y laberintos de piedra.
Al bar en el que estaba anoche llegó un grupo de personas, todos en un estado bien especial de ebriedad colectiva, era una locura contagiosa, delirante, ellos invitaron a todos los que estábamos en el bar a celebrar una fiesta en casa de la mujer que te digo, Cristina, ella era como la jefe del grupo, bastante atractiva, vestida toda de cuero negro mate, de rostro muy pálido y labios negros. Cuando llegamos a su casa no hubo que detenernos a esperar a que abrieran las puertas, ellas se abrieron de inmediato.
Una vez en el interior sentí que todo tenía un color y una sensación de otra época, era como estar retrocediendo un par de siglos en el tiempo, un pequeño callejón repleto de enredaderas y musgo abría paso a un patio interior que tenía una pila de agua en el centro, cuatro caminos demarcados en piedra tallada, lo atravesaban, cruzamos el patio y entramos en un pequeño castillo con dos torres y un rústico puente levadizo.
Su interior era algo completamente distinto, estaba equipado con aparatos de última tecnología, desde reproductores láser de música y videos hasta cabinas personales con computadores para tener relaciones virtuales. Bebida y drogas de diseño, cuartos con representaciones teatrales, disfraces, zancos, fuego, saltimbanquis…
Yo caminaba de un lado para otro, entraba en los cuartos y bebía de lo que allí bebían, fumaba de lo que en cada cuarto fumaban y brindaba, saludaba y acariciaba las pieles desnudas que se retorcían de placer totalmente hipnotizadas en su orgía. Fui cómplice de los secretos que se susurraron.

Cada cuarto tenía una atmósfera singular, ambientes góticos, medievales, obscuros, llenos de contraluces, olores que despertaban toda clase de sensaciones. Me quedé atrapado en una habitación muy grande al final de uno de los pasadizos más estrechos. Allí estabas tú. La música era fuerte y constante, llena de pequeños sonidos que se encargaban de recordarle a uno dónde estaba. Me senté en una vieja silla bastante baja que me hizo dar la sensación de estar sentado en el suelo.
Alrededor de tantos negro y obscuros contraluces, podía sentir las oleadas de rojo que teñían de sepia los grises de mi paleta.
Mi mano sostenía un vaso de cerveza que de vez en cuando tomaba para remojar la sequedad de mi boca. La velocidad de mi vehículo me estaba empezando a marear. Sentía que habían pasado días y que pasarían siglos antes de que pudiera ser el mismo. Algo se había rayado para siempre en mi masa cerebral.

El joint que Remedios había “pegado” se había convertido en una graciosa chicharra que volaba entre nuestros retorcidos dedos. El silencio que empezaba a crecer entre los dos, poco a poco, se apoderó de nuestras percepciones sonoras, me sentí extraño, no como siempre, era algo distinto, una levedad que se me salía por la boca del estómago, como si de un momento a otro me fuera a desaparecer. Había un eco que no podía descifrar, un olor a madera, a tierra removida, a soledad, a sabores que me dejaron sumido en esta nebulosa de la que no he podido salir.
Remedios me miraba con mirada de muerta de la risa, de muerta de la muerte. Me quedé helado cuando recordé la puñalada en la espalda, el pulmón perforado, la camiseta blanca llena de sangre, el ritual, la gente, la sangre.

Yo me levanté del resorte viejo y oxidado en el que estaba sentado y me puse a bailar. Me uní a la amorfa plenitud de la fiesta electrónica que reverberaba. Los Pum-Pum-Pum y miles de soniditos y claves y ritmos se alinearon en fila india detrás de mí. Una tonelada de sonidos y luces y humo y pieles y cuerpos hermosos se desvanecieron y me atravesaron con la daga en el callejón que perforó mi espalda.

-¿No recuerdas nada Aníbal? me decía Remedios con la boca llena de sangre y los ojos blancos y desorbitados.
Cerré los ojos con fuerza y me elevé lentamente sobre el techo de mi alcoba, Remedios me jaló de la entrepierna y me succionó el último poquito de vida que quedaba en mis venas. Me fui perdiendo en un orgasmo de colores. Todos los olores pasaron por mis ojos el cielo se lleno de nubes blancas con los rostros de conocidos que habían muerto hacía siglos. El bosque fue blanco. La noche fue blanco. Fade a blanco.

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