XXX
“Hoy vas a saber la puta que tienes por compañera” le susurró al oído mientras se alejaba lentamente de la cama y le arrojaba las medias y el sostén sobre su sorprendido e incrédulo rostro, mientras los colores de la mañana y el canela de sus senos, se reventaban en ondas de uhh, ahh, uhh, ahh...(como la canción)...
El viernes con sabor a sábado trasnochado y sus pulsaciones los convertían en ecuaciones de deseo, sus recónditos pliegues viriles, sus enfurecidas venas, su contorno fálico estallaban contra cada uno de los gestos que ella hacía.
Un paneo-travelling por la habitación y los zapaticos altos, las medias largas como sus piernas, la minifalda convertida en diminuta excusa, florecían sobre la alfombra raída del apartamento. Las cadencias intempestivas de ella empalagaban su mirada incrédula, los compases de color y olores desafiantes y su suavidad extrema convulsionaban en espasmos de adrenalina mezclada con sexo. Eran las diez y cincuenta y cinco minutos de la mañana del viernes 20 de noviembre de 1998. Esa mañana amaneció antes de lo esperado y más nublado que de costumbre.
Las notas musicales disfrazadas de corcheas y claves de sol, se introdujeron en los poros de los amantes como cascadas de caricias. Sus piernas interminables le ofrecieron el camino para que sus manos se deleitaran... Luego ella discretamente alejó el fruto de sus manos e inició un viejo juego ritual, quizás la más antigua de las danzas, la hembra sutilmente desarma al macho emancipador y lo subyuga a su merced. En dos pasitos ella se hizo de espaldas a él, y le ofreció para su deleite un culo perfecto en forma de melocotón, un redondo y gran derriere que se movía en precisas oscilaciones, definidas por la sensualidad de la pequeña sombra de su delineada entrepierna.
Sólo vestía una translúcida blusa blanca que permitía ver el chocolate que colorean sus pezones, ella dejaba, maliciosamente, que él babeara sobre su ombligo, sobre su cintura, sobre las redondísimas formas que conforman su basta geografía.
Luego un beso húmedo y underground resbaló como una ola sobre la barrera coralina, se sumergieron en las profundidades del origen mismo, y sin pensarlo dos veces dejaron a un lado su condición humana y se convirtieron en inmensidad, por segundos él fue ella y ella fue él, navegaron en palabras, en adjetivos, en verbos, y mientras todo lentamente se fundía a negro azuloso, fueron uno en un círculo perfecto, en un número perfecto, mientras él y ella dejaban que la humedad de sus besos en su centro los sumergiera en la eternidad.
El viernes con sabor a sábado trasnochado y sus pulsaciones los convertían en ecuaciones de deseo, sus recónditos pliegues viriles, sus enfurecidas venas, su contorno fálico estallaban contra cada uno de los gestos que ella hacía.
Un paneo-travelling por la habitación y los zapaticos altos, las medias largas como sus piernas, la minifalda convertida en diminuta excusa, florecían sobre la alfombra raída del apartamento. Las cadencias intempestivas de ella empalagaban su mirada incrédula, los compases de color y olores desafiantes y su suavidad extrema convulsionaban en espasmos de adrenalina mezclada con sexo. Eran las diez y cincuenta y cinco minutos de la mañana del viernes 20 de noviembre de 1998. Esa mañana amaneció antes de lo esperado y más nublado que de costumbre.
Las notas musicales disfrazadas de corcheas y claves de sol, se introdujeron en los poros de los amantes como cascadas de caricias. Sus piernas interminables le ofrecieron el camino para que sus manos se deleitaran... Luego ella discretamente alejó el fruto de sus manos e inició un viejo juego ritual, quizás la más antigua de las danzas, la hembra sutilmente desarma al macho emancipador y lo subyuga a su merced. En dos pasitos ella se hizo de espaldas a él, y le ofreció para su deleite un culo perfecto en forma de melocotón, un redondo y gran derriere que se movía en precisas oscilaciones, definidas por la sensualidad de la pequeña sombra de su delineada entrepierna.
Sólo vestía una translúcida blusa blanca que permitía ver el chocolate que colorean sus pezones, ella dejaba, maliciosamente, que él babeara sobre su ombligo, sobre su cintura, sobre las redondísimas formas que conforman su basta geografía.
Luego un beso húmedo y underground resbaló como una ola sobre la barrera coralina, se sumergieron en las profundidades del origen mismo, y sin pensarlo dos veces dejaron a un lado su condición humana y se convirtieron en inmensidad, por segundos él fue ella y ella fue él, navegaron en palabras, en adjetivos, en verbos, y mientras todo lentamente se fundía a negro azuloso, fueron uno en un círculo perfecto, en un número perfecto, mientras él y ella dejaban que la humedad de sus besos en su centro los sumergiera en la eternidad.

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