XXX'
Los labios de uno y de otro se acercaban y se alejaban, se mordían, se lamían, se chupaban. La velocidad del aparato y la caída libre sin adminículos de rescate regurgitaban en sus entrañas agitadas. La luz en el interior del estrecho lugar estallaba como en ácido, como en hongos. Los blancos eran más blancos. Los plateados más intensos. Y la ansiedad de volar el uno en el cuerpo del otro, el uno sobre el otro, se hacía más fuerte que cualquier otra fuerza.
La puerta del ascensor se abrió en el sótano del edificio y sin dudarlo corrieron como pudieron a la habitación donde se encuentran los controles maestros del ascensor. DANGER. Las letras blancas sobre un fondo rojo pasión decían: Alta tensión y unos truenos advertían a la entrada, sus deseos se hubieran podido representar con ese icono. Luego halaron con fuerza la puerta hacía adentro, ella se hizo sobre unos directorios telefónicos, él bajó la cremallera de su bluejean muy rápido, ella dejó que él le bajara completamente su pantalón y quedó en calzoncitos de encajes, él acarició el vientre tibio que ella dejaba entre ver por la luz neón que se metía a través de las rendijas de la puerta, en menos de nada ambos estaban semi-desnudos, ella tomó con sus manos el falo erguido de su compañero y se lo acercó y lo frotó por todo su sexo sin penetrarse, sus bocas se comían la una a la otra y las caricias explotaban en luces y arco iris caleidoscópicos, sus sexos se empapaban de uno y de otro, se reconocían, se retorcían, estallaban y se reencontraban en señales y códigos ancestrales y totalmente propios. En lenguajes íntimos y públicos, propios e inventados.
Ella lo apretó con fuerza entre las manos y sin hacer ningún tipo de esfuerzo lo resbaló adentro suyo de una sola y certera estocada, los ojos de ella se iluminaron y se blanquearon al mismo tiempo en un espasmo de dolor y de placer indescriptibles, él la abrazó con fuerza y dejó que ella fuera quien comenzara a contraerse, él la acompañó, la siguió, se tomaron en millones de ráfagas de luz hecha carne y fluidos, y abrazos, y caricias.
Afuera la noche y la ciudad y los padres de ella que dormían unos pisos arriba de donde se comían los cómplices sin futuro. Afuera un parqueadero desolado, unos carros, unas bicicletas, el hollín de la ciudad, los pasos desanudados de la madrugada y unas cuantas voces que susurraban a lo lejos. El norte de Bogotá dormía silencioso. El frío de la madrugada se paseaba incrédulo alrededor de los humeantes cuerpos. Todo continuaba absolutamente normal.
La puerta del ascensor se abrió en el sótano del edificio y sin dudarlo corrieron como pudieron a la habitación donde se encuentran los controles maestros del ascensor. DANGER. Las letras blancas sobre un fondo rojo pasión decían: Alta tensión y unos truenos advertían a la entrada, sus deseos se hubieran podido representar con ese icono. Luego halaron con fuerza la puerta hacía adentro, ella se hizo sobre unos directorios telefónicos, él bajó la cremallera de su bluejean muy rápido, ella dejó que él le bajara completamente su pantalón y quedó en calzoncitos de encajes, él acarició el vientre tibio que ella dejaba entre ver por la luz neón que se metía a través de las rendijas de la puerta, en menos de nada ambos estaban semi-desnudos, ella tomó con sus manos el falo erguido de su compañero y se lo acercó y lo frotó por todo su sexo sin penetrarse, sus bocas se comían la una a la otra y las caricias explotaban en luces y arco iris caleidoscópicos, sus sexos se empapaban de uno y de otro, se reconocían, se retorcían, estallaban y se reencontraban en señales y códigos ancestrales y totalmente propios. En lenguajes íntimos y públicos, propios e inventados.
Ella lo apretó con fuerza entre las manos y sin hacer ningún tipo de esfuerzo lo resbaló adentro suyo de una sola y certera estocada, los ojos de ella se iluminaron y se blanquearon al mismo tiempo en un espasmo de dolor y de placer indescriptibles, él la abrazó con fuerza y dejó que ella fuera quien comenzara a contraerse, él la acompañó, la siguió, se tomaron en millones de ráfagas de luz hecha carne y fluidos, y abrazos, y caricias.
Afuera la noche y la ciudad y los padres de ella que dormían unos pisos arriba de donde se comían los cómplices sin futuro. Afuera un parqueadero desolado, unos carros, unas bicicletas, el hollín de la ciudad, los pasos desanudados de la madrugada y unas cuantas voces que susurraban a lo lejos. El norte de Bogotá dormía silencioso. El frío de la madrugada se paseaba incrédulo alrededor de los humeantes cuerpos. Todo continuaba absolutamente normal.

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